sábado, 15 de enero de 2011

Teoría del Conocimiento de Descartes

El Método

Para Descartes existe un único saber. Las distintas ciencias y conocimientos no son más que expresiones parciales de ese único saber. El saber es uno, pero se despliega en distintas ciencias. La unidad del saber permite a Descartes considerar que ciencias como la Matemática o la Física son saberes con la misma naturaleza que la Filosofía. Y, por tanto, si las ciencias progresan en el conocimiento, la Filosofía también lo puede hacer.
El saber es único porque la Razón, facultad que posibilita el saber, es, a su vez, única. En consecuencia, concluye Descartes, si hay un único saber y una única razón bastará, un único método para enseñarnos a usar correctamente la Razón y alcanzar el conocimiento en el cualquier ámbito. El mismo método debe valer para estudiar todas las diferentes manifestaciones del saber: Matemáticas, Física, Filosofía, etc.
Para encontrar el método que dirija correctamente nuestra razón debemos primero, piensa Descartes, conocerla (del mismo modo que si queremos escribir las instrucciones de uso de un electrodoméstico, primero es necesario que conozcamos los elementos que lo componen y su funcionamiento).
En el estudio que realiza Descartes para conocer la estructura y funcionamiento de la razón cree descubrir que nuestra razón tiene dos modos de conocimiento.
El primero sería la Intuición. La define como una “luz o instinto natural” que tiene por objeto naturalezas simples. El conocimiento que nos ofrece la intuición es la captación de conceptos simples, que aparecen en nuestra misma razón (no vienen del exterior), y de cuya verdad no tenemos ninguna duda. Todo nuestro conocimiento nace y se extiende posteriormente desde estas primeras ideas simples (axiomas) captadas por la intuición.
La expansión del conocimiento es posible gracias al segundo modo de conocer que posee la razón: la Deducción. La deducción “juega”, combina, encuentra conexiones entre los conceptos simples y nos permite extraer de ellos nuevos conocimientos.
Descartes una vez que ha estudiado y conoce la estructura y la dinámica interna de nuestra razón, está ya capacitado para formular el Método. No se trata de un método arbitrario, sino que será reflejo de la naturaleza de la razón que ha descubierto en el análisis antes realizado.

El Método de Descartes (Método cartesiano) tiene cuatro reglas:

1) Evidencia: no admitir como verdadera ninguna idea que no se presente a mi mente como clara y distinta, es decir, de forma evidente.
2) Análisis: descomponer los problemas que se me planteen hasta llegar a sus partes más simples.
3) Síntesis: a partir de los elementos simples reconstruir deductivamente las cuestiones complejas.
4) Revisión o enumeración: realizar revisiones periódicas de las cadenas deductivas que desarrollemos para estar seguros de no caer en el error.

Las reglas de este método guardan una íntima conexión con los dos modos de conocer que Descartes había reconocido en la Razón. Las dos primeras reglas están vinculadas con la Intuición. Nos hablan de características que hemos definido como propias de esta: evidencia y simplicidad. La tercera y cuarta regla apelan a la aplicación de la deducción a partir de ideas simples y a la revisión de este proceso.
Descartes con la formulación de este método, fundado en la razón misma, cree haber hallado el instrumento que nos permitirá conducir rectamente la razón y alcanzar todo el conocimiento.


La Duda metódica

Una vez formulado el método sólo queda empezar a aplicarlo. ¿Cómo? Pues, atendiendo a la primera regla, la regla de la evidencia. Esta regla viene a decir que no admitamos como verdad nada que no sea evidente, es decir, que no aparezca en nuestra mente de forma clara y distinta. Nos está pidiendo que sometamos a examen todo conocimiento para comprobar si cumple con esta regla. Debemos poner en cuarentena todo el conocimiento hasta que le demos el visto bueno, en el caso de que sea evidente. En otras palabras la primera regla del Método nos incita a que dudemos de todo conocimiento hasta que demuestre ser evidente. Aparece así un término fundamental en el discurso de Descartes: duda.
La primera regla del Método exige la duda. Para encontrar esa primera verdad evidente que nos pide la primera regla tendremos que eliminar todos aquellos supuestos conocimientos, ideas y creencias de los que no poseamos una certeza absoluta. La duda, que a partir de ahora llamaremos metódica pues nace de la primera regla del Método, se convierte en una herramienta para encontrar certezas.
La duda metódica, precisamente por ser instrumento para la búsqueda de la verdad, se distingue de otros tipos de duda que se han concebido en la historia de la Filosofía. Nos referimos a la duda escéptica. El escepticismo es una forma de pensamiento que considera imposible el conocimiento. La duda que emerge del escepticismo no tiene meta, ni objetivo. Muy al contrario la duda cartesiana es solo un medio para alcanzar un fin, que no es otro que el reconocimiento de verdades evidentes.
Además la Duda es teorética, es decir, se aplica solo al ámbito del conocimiento, de lo teórico y no a lo práctico, a las costumbres, a la moral. Por último, la Duda debe ser radical: debe ser exhaustivamente aplicada a todos los niveles posibles del conocimiento, desde los más superficiales a los más profundos. Encontramos siguiendo esta gradación tres etapas distintas en la aplicación de la duda.
En primer lugar, aplica Descartes la duda a los conocimientos o creencias que provienen de los sentidos. Dando lugar a lo que se ha llamado la Falacia de los sentidos. Los sentidos a veces se equivocan. Como ocurre por ejemplo cuando algún viajero sufre un espejismo en medio del desierto creyendo ver un oasis donde no lo hay. Basta, piensa Descartes, con que me hayan inducido a error una vez para que no pueda fiarme de ellos, más aún si el propósito es hacer una ciencia absolutamente segura. Si me engañan una vez lo pueden hacer más veces. Debe dudar de ellos, el conocimiento que me transmiten no es evidente.
El segundo ámbito de la Duda afecta a aquello que consideramos comúnmente real. A este nivel de la Duda lo denomina Descartes: la imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño. ¿Podemos estar seguros de aquello que consideramos real? Ciertamente, hay ocasiones en que en sueños se nos muestran hechos, de tal forma, que nos parecen verdaderos, reales. Hay veces que confundo sueño y realidad. En consecuencia, no puedo tener una certeza absoluta de las cosas que considero reales. Lo que tomamos por realidad es también dudable.
En último lugar, Descartes amplía los horizontes de la duda hasta los propios razonamientos. De hecho hasta los más inteligentes pueden equivocarse al realizar operaciones sencillas. Por tanto nuestros razonamientos no son del todo seguros. Estamos siempre sometidos a la posibilidad de error. En su obra Las Meditaciones Metafísicas añade Descartes añade Descartes otro motivo para dudar de nuestros razonamientos o de las ideas que creemos que son evidentes: la Hipótesis del Genio Maligno. Hay ciertos conocimientos que consideramos evidentes, como las demostraciones matemáticas (2+2=4). Pero, y si existiera un ser superior a nosotros que se dedicara a manipular nuestra mente haciéndonos tomar por ciertos y evidentes algunos pensamientos que en realidad no lo son. ¿Podemos demostrar que no existe este Genio Maligno? No, entonces cabe la duda.
Descartes no pretende, en ningún momento, afirmar que todo lo que dicen los sentidos sea falso, o que no existe la realidad, o que hay por ahí un Genio maligno manipulando nuestras mentes, lo que pretende Descartes es, solamente, sembrar la duda, que no aceptemos precipitadamente nada como verdadero sin antes haber comprobado su evidencia.

El Cógito y la Res Cogitans

Descartes ha extendido la duda a todos los ámbitos del conocimiento buscando una verdad evidente. Sin embargo, no ha obtenido resultados, solo duda. El fracaso, hasta el momento, en esta búsqueda de la verdad evidente parece incitarlo al escepticismo (no es posible el conocimiento).
Descartes se encuentra en una situación en la que duda de los sentidos, duda de la realidad, duda de las demostraciones matemáticas, duda de todo. Pero en el hecho mismo de dudar, ¿no hay ya una certeza? Es indudable que hay un yo, un individuo, que duda. Hay un sujeto que duda y piensa (independientemente de que lo que piense sea erróneo). Ahora bien, para pensar ¿no es necesario primero existir? Si no se existe no se puede dudar. Por tanto, no se puede dudar de la existencia del sujeto que duda. De aquí extrae Descartes su primera verdad evidente: pienso, luego existo (- Cogito ergo sum - en Latín).
Descartes ha encontrado, por fin, la primera verdad evidente, capaz de resistir cualquier duda por radical que sea. El Cogito es la primera piedra a partir de la cual construir el edificio del conocimiento. Todas las demás verdades que ayuden a levantar este edificio tendrán que poseer las mismas características del Cogito. Así, Pienso, luego existo, se convierte en modelo de toda verdad, en criterio de verdad. Todas las ideas que aceptemos como verdaderas tendrán que presentarse de la misma manera que el Cogito. ¿Cómo se presenta el Cogito? Pues como una idea evidente, es decir, clara y distinta. Para que una idea pueda ser considerada verdadera tendrá que presentarse a nuestra mente de forma clara y distinta: perfectamente comprensible en todo sus extremos y distinguible de cualquier otra idea. Toda idea que se perciba con igual claridad y distinción será verdadera.
Descubre Descartes todavía algo más gracias al Cogito ergo sum: la Sustancia Pensante (Res Cogitans – en Latín). El pienso luego existo no solo demuestra la existencia de un sujeto que piensa, sino que nos habla de la naturaleza, de las características de ese sujeto. Esa primera realidad de la que Descartes ha demostrado su existencia se caracteriza por pensar. Su actividad primordial, la que fundamenta su experiencia es el pensamiento. Es un ser cuya naturaleza consiste en pensar. Además afirma Descartes que este ser nada tiene que ver con el cuerpo, que el cuerpo es algo completamente distinto de él. Puedo fingir que no tengo cuerpo y sigo existiendo, pero no puedo fingir que dejo de pensar y seguir existiendo. Ese yo, o alma, es la Res Cogitans y su atributo (característica principal) es el pensamiento.

Las Ideas

Tiene ya Descartes su primera verdad y el criterio para identificar adecuadamente las nuevas. Sin embargo, el Cogito no implica la existencia de ninguna otra verdad. Que sea cierto que pienso no quiere decir que lo que piense sea verdadero.
Descartes no encuentra ninguna otra verdad más allá del Cógito. Se cierne entonces sobre su filosofía el peligro del solipsismo. El solipsismo del yo consiste en que el yo no puede demostrar ninguna otra verdad mas allá de su propia existencia. Se queda, digámoslo así, atrapado en sí mismo, sin poder descubrir ninguna verdad exterior a su pensamiento.
Descartes debe superar esta dificultad sin recurrir a nada más que a su propio pensamiento. De su existencia es de lo único que está seguro. Por tanto solo queda un camino a seguir: indagar cuales son los elementos que componen el pensamiento para intentar descubrir en ellos alguna vía que le permita escapar del solipsismo.
Descartes distingue tres elementos que participan en el pensamiento. En primer lugar, el yo que piensa, del que ya está demostrada su existencia; en segundo lugar, el objeto que es pensado, cuya existencia es dudable; pero hay algo más, en tercer lugar están las ideas de los objetos pensados. El yo no posee en su pensamiento el objeto pensado, sino una representación de él: una idea. El pensamiento piensa ideas. El objeto del pensamiento no es la realidad en sí misma sino las ideas.
Descartes sigue esta nueva línea de investigación con la esperanza de encontrar en la ideas el camino que le lleve a la salida del solipsismo descubriendo alguna realidad extramental (mas allá del yo). En su estudio de las ideas distingue tres tipos:
- Adventicias: son las ideas que provienen de la experiencia externa (ejemplo: árbol).
- Facticias: son ideas construidas en la propia mente a partir de otras ideas (ejemplo: unicornio).
Estos dos tipos de ideas no son útiles, para el propósito de Descartes de encontrar una verdad exterior a la mente. Las ideas que proporcionan los sentidos ya sabemos que no son fiables (duda). Las Facticias solo son un constructo mental.
- Hay un tipo de ideas que no provienen de la experiencia, ni son producto de la combinación de ideas, por tanto, han debido estar siempre alojadas en nuestra mente. Son las ideas innatas. El pensamiento las posee en sí mismo (ejemplo: perfección. No viene de la experiencia externa, ni resulta de la combinación de otras ideas)
Las ideas innatas son una de las piezas clave del pensamiento de Descartes, y de todo el Racionalismo. La creencia en la ideas innatas permite a los racionalistas concebir la posibilidad de construir el edificio del conocimiento sin necesidad de recurrir a la experiencia sensible.

Dios y Mundo

Descartes se centra ahora en el análisis de las ideas innatas. Más concretamente presta toda su atención a una de estas ideas: la idea innata de Infinito que Descartes equipara con la idea de Dios. Infinito o Dios es una idea innata ya que no la captamos por la experiencia, ni puede tampoco surgir de otras ideas, pues de lo finito, no puede nacer lo infinito. A partir de esta idea innata de Dios, Descartes va a intentar probar, mediante tres argumentos, la existencia de Dios.
El primero de los argumentos a favor de la existencia de Dios es conocido como el argumento Gnoseológico. Viene a decir lo siguiente: Poseemos en nuestra mente la idea de Dios. Esa idea es la de un ser superior a nosotros. ¿Cómo puede estar esa idea en mi si yo soy un ser inferior a ella? No podemos decir que ha surgido de la nada, pues de la nada, nada aparece, ni tampoco podemos afirmar que salga de nosotros, pues de lo inferior no puede surgir lo superior, de lo imperfecto no nace lo perfecto. Por tanto, la única respuesta posible es que alguien la haya introducido en mí. ¿Quién? Pues un ser con una naturaleza tan elevada como la propia idea en cuestión, es decir, Dios.
El segundo argumento es el Causal. Yo conozco perfecciones que no poseo. Pero si yo existiera sólo e independiente hubiera escogido para mí todas las perfecciones. Esto no es así, no poseo todas las perfecciones. Por tanto, no soy la causa de mi mismo. Luego debe existir un ser que posea todas esas perfecciones y del que yo dependa.
El último argumento tiene una larga tradición filosófica. Lo formuló primero San Anselmo de Canterbury, y es conocido como el argumento de San Anselmo u Ontológico. Todos los hombres poseen la idea de Dios. Lo conciben como el ser más perfecto. Un ser así debe existir, pues si no existiera le faltaría algo, no sería perfecto. Al ser perfecto no le puede faltar la perfección de la existencia. Por tanto, Dios existe.
Con la demostración de la existencia de Dios hemos logrado el objetivo tan ansiado por Descartes: salir del solipsismo. Hallamos con Dios una realidad extramental, una segunda sustancia: la Sustancia Infinita o Res Infinita.
Descartes posee ya dos verdades indudables: el yo, la Sustancia Pensante, y Dios, la Sustancia Infinita. Pero ¿y los objetos, lo material, el mundo? Hasta ahora nada sabemos con seguridad sobre ellos. Nos los enseñan los sentidos pero de ellos no nos podemos fiar. Para demostrar la existencia del Mundo Descartes tendrá que apoyarse en la Sustancia Infinita, en la naturaleza de Dios.
Dios, que es infinitamente bueno y veraz, no puede permitir que nos engañemos en una creencia tan esencial para nosotros como que el Mundo existe. Dios, por su naturaleza bondadosa y veraz, se convierte en garantía de que a mis ideas adventicias les corresponde un mundo extramental. Pero esto no quiere decir que todas las ideas que yo tengo sobre el mundo sean exactas y verdaderas. Dios es garantía solo de la existencia de un Mundo constituido por extensión y movimiento, pero otras características secundarias como forma, tamaño, color, etc no están garantizadas. Corresponderá a la razón humana dilucidar sobre esas cuestiones. Dios es el aval de la existencia de la tercera sustancia, la Sustancia Extensa o Res Extensa, cuyo atributo, es precisamente, la extensión.
Por otra parte, la demostración de la existencia de Dios hace imposible la hipótesis del Genio Maligno. Dios, en su bondad, no va a dejar que un ser de esas características manipule nuestras mentes llevándonos al error. Por tanto, si esta hipótesis es descartada, la evidencia de las verdades de la lógica y la matemática está salvaguardada.
Con la aceptación de la Res Extensa han salido a la luz las tres sustancias en las que según Descartes se estructura la realidad. Descartes define sustancia como “toda cosa que existe de tal modo que no necesita de ninguna otra cosa para existir”. Sin embargo, esta definición, tomada literalmente, solo se adecua a Dios. El Yo y el Mundo dependen de Dios que es su creador. No obstante, Descartes sigue manteniendo el apelativo de sustancia para la Res Cogitans y la Extensa, para insistir en si independencia.

1 comentario:

  1. muy buena la explicación de la filosofía de descartes________me sirvió mucho para entender el método cartesiano _____gracias

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