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sábado, 15 de enero de 2011

Teoría del Conocimiento de Descartes

El Método

Para Descartes existe un único saber. Las distintas ciencias y conocimientos no son más que expresiones parciales de ese único saber. El saber es uno, pero se despliega en distintas ciencias. La unidad del saber permite a Descartes considerar que ciencias como la Matemática o la Física son saberes con la misma naturaleza que la Filosofía. Y, por tanto, si las ciencias progresan en el conocimiento, la Filosofía también lo puede hacer.
El saber es único porque la Razón, facultad que posibilita el saber, es, a su vez, única. En consecuencia, concluye Descartes, si hay un único saber y una única razón bastará, un único método para enseñarnos a usar correctamente la Razón y alcanzar el conocimiento en el cualquier ámbito. El mismo método debe valer para estudiar todas las diferentes manifestaciones del saber: Matemáticas, Física, Filosofía, etc.
Para encontrar el método que dirija correctamente nuestra razón debemos primero, piensa Descartes, conocerla (del mismo modo que si queremos escribir las instrucciones de uso de un electrodoméstico, primero es necesario que conozcamos los elementos que lo componen y su funcionamiento).
En el estudio que realiza Descartes para conocer la estructura y funcionamiento de la razón cree descubrir que nuestra razón tiene dos modos de conocimiento.
El primero sería la Intuición. La define como una “luz o instinto natural” que tiene por objeto naturalezas simples. El conocimiento que nos ofrece la intuición es la captación de conceptos simples, que aparecen en nuestra misma razón (no vienen del exterior), y de cuya verdad no tenemos ninguna duda. Todo nuestro conocimiento nace y se extiende posteriormente desde estas primeras ideas simples (axiomas) captadas por la intuición.
La expansión del conocimiento es posible gracias al segundo modo de conocer que posee la razón: la Deducción. La deducción “juega”, combina, encuentra conexiones entre los conceptos simples y nos permite extraer de ellos nuevos conocimientos.
Descartes una vez que ha estudiado y conoce la estructura y la dinámica interna de nuestra razón, está ya capacitado para formular el Método. No se trata de un método arbitrario, sino que será reflejo de la naturaleza de la razón que ha descubierto en el análisis antes realizado.

El Método de Descartes (Método cartesiano) tiene cuatro reglas:

1) Evidencia: no admitir como verdadera ninguna idea que no se presente a mi mente como clara y distinta, es decir, de forma evidente.
2) Análisis: descomponer los problemas que se me planteen hasta llegar a sus partes más simples.
3) Síntesis: a partir de los elementos simples reconstruir deductivamente las cuestiones complejas.
4) Revisión o enumeración: realizar revisiones periódicas de las cadenas deductivas que desarrollemos para estar seguros de no caer en el error.

Las reglas de este método guardan una íntima conexión con los dos modos de conocer que Descartes había reconocido en la Razón. Las dos primeras reglas están vinculadas con la Intuición. Nos hablan de características que hemos definido como propias de esta: evidencia y simplicidad. La tercera y cuarta regla apelan a la aplicación de la deducción a partir de ideas simples y a la revisión de este proceso.
Descartes con la formulación de este método, fundado en la razón misma, cree haber hallado el instrumento que nos permitirá conducir rectamente la razón y alcanzar todo el conocimiento.


La Duda metódica

Una vez formulado el método sólo queda empezar a aplicarlo. ¿Cómo? Pues, atendiendo a la primera regla, la regla de la evidencia. Esta regla viene a decir que no admitamos como verdad nada que no sea evidente, es decir, que no aparezca en nuestra mente de forma clara y distinta. Nos está pidiendo que sometamos a examen todo conocimiento para comprobar si cumple con esta regla. Debemos poner en cuarentena todo el conocimiento hasta que le demos el visto bueno, en el caso de que sea evidente. En otras palabras la primera regla del Método nos incita a que dudemos de todo conocimiento hasta que demuestre ser evidente. Aparece así un término fundamental en el discurso de Descartes: duda.
La primera regla del Método exige la duda. Para encontrar esa primera verdad evidente que nos pide la primera regla tendremos que eliminar todos aquellos supuestos conocimientos, ideas y creencias de los que no poseamos una certeza absoluta. La duda, que a partir de ahora llamaremos metódica pues nace de la primera regla del Método, se convierte en una herramienta para encontrar certezas.
La duda metódica, precisamente por ser instrumento para la búsqueda de la verdad, se distingue de otros tipos de duda que se han concebido en la historia de la Filosofía. Nos referimos a la duda escéptica. El escepticismo es una forma de pensamiento que considera imposible el conocimiento. La duda que emerge del escepticismo no tiene meta, ni objetivo. Muy al contrario la duda cartesiana es solo un medio para alcanzar un fin, que no es otro que el reconocimiento de verdades evidentes.
Además la Duda es teorética, es decir, se aplica solo al ámbito del conocimiento, de lo teórico y no a lo práctico, a las costumbres, a la moral. Por último, la Duda debe ser radical: debe ser exhaustivamente aplicada a todos los niveles posibles del conocimiento, desde los más superficiales a los más profundos. Encontramos siguiendo esta gradación tres etapas distintas en la aplicación de la duda.
En primer lugar, aplica Descartes la duda a los conocimientos o creencias que provienen de los sentidos. Dando lugar a lo que se ha llamado la Falacia de los sentidos. Los sentidos a veces se equivocan. Como ocurre por ejemplo cuando algún viajero sufre un espejismo en medio del desierto creyendo ver un oasis donde no lo hay. Basta, piensa Descartes, con que me hayan inducido a error una vez para que no pueda fiarme de ellos, más aún si el propósito es hacer una ciencia absolutamente segura. Si me engañan una vez lo pueden hacer más veces. Debe dudar de ellos, el conocimiento que me transmiten no es evidente.
El segundo ámbito de la Duda afecta a aquello que consideramos comúnmente real. A este nivel de la Duda lo denomina Descartes: la imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño. ¿Podemos estar seguros de aquello que consideramos real? Ciertamente, hay ocasiones en que en sueños se nos muestran hechos, de tal forma, que nos parecen verdaderos, reales. Hay veces que confundo sueño y realidad. En consecuencia, no puedo tener una certeza absoluta de las cosas que considero reales. Lo que tomamos por realidad es también dudable.
En último lugar, Descartes amplía los horizontes de la duda hasta los propios razonamientos. De hecho hasta los más inteligentes pueden equivocarse al realizar operaciones sencillas. Por tanto nuestros razonamientos no son del todo seguros. Estamos siempre sometidos a la posibilidad de error. En su obra Las Meditaciones Metafísicas añade Descartes añade Descartes otro motivo para dudar de nuestros razonamientos o de las ideas que creemos que son evidentes: la Hipótesis del Genio Maligno. Hay ciertos conocimientos que consideramos evidentes, como las demostraciones matemáticas (2+2=4). Pero, y si existiera un ser superior a nosotros que se dedicara a manipular nuestra mente haciéndonos tomar por ciertos y evidentes algunos pensamientos que en realidad no lo son. ¿Podemos demostrar que no existe este Genio Maligno? No, entonces cabe la duda.
Descartes no pretende, en ningún momento, afirmar que todo lo que dicen los sentidos sea falso, o que no existe la realidad, o que hay por ahí un Genio maligno manipulando nuestras mentes, lo que pretende Descartes es, solamente, sembrar la duda, que no aceptemos precipitadamente nada como verdadero sin antes haber comprobado su evidencia.

El Cógito y la Res Cogitans

Descartes ha extendido la duda a todos los ámbitos del conocimiento buscando una verdad evidente. Sin embargo, no ha obtenido resultados, solo duda. El fracaso, hasta el momento, en esta búsqueda de la verdad evidente parece incitarlo al escepticismo (no es posible el conocimiento).
Descartes se encuentra en una situación en la que duda de los sentidos, duda de la realidad, duda de las demostraciones matemáticas, duda de todo. Pero en el hecho mismo de dudar, ¿no hay ya una certeza? Es indudable que hay un yo, un individuo, que duda. Hay un sujeto que duda y piensa (independientemente de que lo que piense sea erróneo). Ahora bien, para pensar ¿no es necesario primero existir? Si no se existe no se puede dudar. Por tanto, no se puede dudar de la existencia del sujeto que duda. De aquí extrae Descartes su primera verdad evidente: pienso, luego existo (- Cogito ergo sum - en Latín).
Descartes ha encontrado, por fin, la primera verdad evidente, capaz de resistir cualquier duda por radical que sea. El Cogito es la primera piedra a partir de la cual construir el edificio del conocimiento. Todas las demás verdades que ayuden a levantar este edificio tendrán que poseer las mismas características del Cogito. Así, Pienso, luego existo, se convierte en modelo de toda verdad, en criterio de verdad. Todas las ideas que aceptemos como verdaderas tendrán que presentarse de la misma manera que el Cogito. ¿Cómo se presenta el Cogito? Pues como una idea evidente, es decir, clara y distinta. Para que una idea pueda ser considerada verdadera tendrá que presentarse a nuestra mente de forma clara y distinta: perfectamente comprensible en todo sus extremos y distinguible de cualquier otra idea. Toda idea que se perciba con igual claridad y distinción será verdadera.
Descubre Descartes todavía algo más gracias al Cogito ergo sum: la Sustancia Pensante (Res Cogitans – en Latín). El pienso luego existo no solo demuestra la existencia de un sujeto que piensa, sino que nos habla de la naturaleza, de las características de ese sujeto. Esa primera realidad de la que Descartes ha demostrado su existencia se caracteriza por pensar. Su actividad primordial, la que fundamenta su experiencia es el pensamiento. Es un ser cuya naturaleza consiste en pensar. Además afirma Descartes que este ser nada tiene que ver con el cuerpo, que el cuerpo es algo completamente distinto de él. Puedo fingir que no tengo cuerpo y sigo existiendo, pero no puedo fingir que dejo de pensar y seguir existiendo. Ese yo, o alma, es la Res Cogitans y su atributo (característica principal) es el pensamiento.

Las Ideas

Tiene ya Descartes su primera verdad y el criterio para identificar adecuadamente las nuevas. Sin embargo, el Cogito no implica la existencia de ninguna otra verdad. Que sea cierto que pienso no quiere decir que lo que piense sea verdadero.
Descartes no encuentra ninguna otra verdad más allá del Cógito. Se cierne entonces sobre su filosofía el peligro del solipsismo. El solipsismo del yo consiste en que el yo no puede demostrar ninguna otra verdad mas allá de su propia existencia. Se queda, digámoslo así, atrapado en sí mismo, sin poder descubrir ninguna verdad exterior a su pensamiento.
Descartes debe superar esta dificultad sin recurrir a nada más que a su propio pensamiento. De su existencia es de lo único que está seguro. Por tanto solo queda un camino a seguir: indagar cuales son los elementos que componen el pensamiento para intentar descubrir en ellos alguna vía que le permita escapar del solipsismo.
Descartes distingue tres elementos que participan en el pensamiento. En primer lugar, el yo que piensa, del que ya está demostrada su existencia; en segundo lugar, el objeto que es pensado, cuya existencia es dudable; pero hay algo más, en tercer lugar están las ideas de los objetos pensados. El yo no posee en su pensamiento el objeto pensado, sino una representación de él: una idea. El pensamiento piensa ideas. El objeto del pensamiento no es la realidad en sí misma sino las ideas.
Descartes sigue esta nueva línea de investigación con la esperanza de encontrar en la ideas el camino que le lleve a la salida del solipsismo descubriendo alguna realidad extramental (mas allá del yo). En su estudio de las ideas distingue tres tipos:
- Adventicias: son las ideas que provienen de la experiencia externa (ejemplo: árbol).
- Facticias: son ideas construidas en la propia mente a partir de otras ideas (ejemplo: unicornio).
Estos dos tipos de ideas no son útiles, para el propósito de Descartes de encontrar una verdad exterior a la mente. Las ideas que proporcionan los sentidos ya sabemos que no son fiables (duda). Las Facticias solo son un constructo mental.
- Hay un tipo de ideas que no provienen de la experiencia, ni son producto de la combinación de ideas, por tanto, han debido estar siempre alojadas en nuestra mente. Son las ideas innatas. El pensamiento las posee en sí mismo (ejemplo: perfección. No viene de la experiencia externa, ni resulta de la combinación de otras ideas)
Las ideas innatas son una de las piezas clave del pensamiento de Descartes, y de todo el Racionalismo. La creencia en la ideas innatas permite a los racionalistas concebir la posibilidad de construir el edificio del conocimiento sin necesidad de recurrir a la experiencia sensible.

Dios y Mundo

Descartes se centra ahora en el análisis de las ideas innatas. Más concretamente presta toda su atención a una de estas ideas: la idea innata de Infinito que Descartes equipara con la idea de Dios. Infinito o Dios es una idea innata ya que no la captamos por la experiencia, ni puede tampoco surgir de otras ideas, pues de lo finito, no puede nacer lo infinito. A partir de esta idea innata de Dios, Descartes va a intentar probar, mediante tres argumentos, la existencia de Dios.
El primero de los argumentos a favor de la existencia de Dios es conocido como el argumento Gnoseológico. Viene a decir lo siguiente: Poseemos en nuestra mente la idea de Dios. Esa idea es la de un ser superior a nosotros. ¿Cómo puede estar esa idea en mi si yo soy un ser inferior a ella? No podemos decir que ha surgido de la nada, pues de la nada, nada aparece, ni tampoco podemos afirmar que salga de nosotros, pues de lo inferior no puede surgir lo superior, de lo imperfecto no nace lo perfecto. Por tanto, la única respuesta posible es que alguien la haya introducido en mí. ¿Quién? Pues un ser con una naturaleza tan elevada como la propia idea en cuestión, es decir, Dios.
El segundo argumento es el Causal. Yo conozco perfecciones que no poseo. Pero si yo existiera sólo e independiente hubiera escogido para mí todas las perfecciones. Esto no es así, no poseo todas las perfecciones. Por tanto, no soy la causa de mi mismo. Luego debe existir un ser que posea todas esas perfecciones y del que yo dependa.
El último argumento tiene una larga tradición filosófica. Lo formuló primero San Anselmo de Canterbury, y es conocido como el argumento de San Anselmo u Ontológico. Todos los hombres poseen la idea de Dios. Lo conciben como el ser más perfecto. Un ser así debe existir, pues si no existiera le faltaría algo, no sería perfecto. Al ser perfecto no le puede faltar la perfección de la existencia. Por tanto, Dios existe.
Con la demostración de la existencia de Dios hemos logrado el objetivo tan ansiado por Descartes: salir del solipsismo. Hallamos con Dios una realidad extramental, una segunda sustancia: la Sustancia Infinita o Res Infinita.
Descartes posee ya dos verdades indudables: el yo, la Sustancia Pensante, y Dios, la Sustancia Infinita. Pero ¿y los objetos, lo material, el mundo? Hasta ahora nada sabemos con seguridad sobre ellos. Nos los enseñan los sentidos pero de ellos no nos podemos fiar. Para demostrar la existencia del Mundo Descartes tendrá que apoyarse en la Sustancia Infinita, en la naturaleza de Dios.
Dios, que es infinitamente bueno y veraz, no puede permitir que nos engañemos en una creencia tan esencial para nosotros como que el Mundo existe. Dios, por su naturaleza bondadosa y veraz, se convierte en garantía de que a mis ideas adventicias les corresponde un mundo extramental. Pero esto no quiere decir que todas las ideas que yo tengo sobre el mundo sean exactas y verdaderas. Dios es garantía solo de la existencia de un Mundo constituido por extensión y movimiento, pero otras características secundarias como forma, tamaño, color, etc no están garantizadas. Corresponderá a la razón humana dilucidar sobre esas cuestiones. Dios es el aval de la existencia de la tercera sustancia, la Sustancia Extensa o Res Extensa, cuyo atributo, es precisamente, la extensión.
Por otra parte, la demostración de la existencia de Dios hace imposible la hipótesis del Genio Maligno. Dios, en su bondad, no va a dejar que un ser de esas características manipule nuestras mentes llevándonos al error. Por tanto, si esta hipótesis es descartada, la evidencia de las verdades de la lógica y la matemática está salvaguardada.
Con la aceptación de la Res Extensa han salido a la luz las tres sustancias en las que según Descartes se estructura la realidad. Descartes define sustancia como “toda cosa que existe de tal modo que no necesita de ninguna otra cosa para existir”. Sin embargo, esta definición, tomada literalmente, solo se adecua a Dios. El Yo y el Mundo dependen de Dios que es su creador. No obstante, Descartes sigue manteniendo el apelativo de sustancia para la Res Cogitans y la Extensa, para insistir en si independencia.

martes, 4 de enero de 2011

Vocabulario de Descartes

VOCABULARIO FILOSÓFICO
R. DESCARTES

1.- Dios: término filosófico fundamental en el pensamiento cartesiano identificado con aquella idea innata de una substancia infinita con la perfección como atributo principal y que en el sistema cartesiano se convierte en el “garante” de la verdad, de la evidencia, de la certeza; en definitiva, de la claridad y distinción de todo el conocimiento humano.

2.- Precipitación: término con el que Descartes alude a uno de los dos errores cometidos habitualmente por algunos ingenios y que son corregidos con la aplicación rigurosa y metódica de las reglas que Descartes expone en la segunda parte de su obra “Discurso del método”.

3.- Prevención = Precipitación

4.- Conocimiento cierto: expresión cartesiana que hace referencia a aquel conocimiento humano evidente y verdadero caracterizado por su claridad y distinción. Un conocimiento tal que para Descartes nunca podría proceder de los sentidos y sí de la razón, que se convertiría así en el Tribunal capaz de garantizar la veracidad de nuestros conocimientos cuando operara deductiva y metódicamente, quedando en última instancia siempre garantizada por la bondad infinita de Dios.

5.- Verdadero método: expresión que Descartes utiliza para caracterizar aquel método de naturaleza deductiva que él propone en la segunda parte de su obra “Discurso del método” y que siendo una opción personal, usándolo adecuadamente evitaría la prevención y la precipitación, asegurándonos así la certeza indubitable de los conocimientos adquiridos.

6.- Clara y distintamente: expresión fundamental en el planteamiento epistemológico cartesiano con el que el autor hace referencia a aquellas dos cualidades necesarias para que nuestras ideas y conocimientos sean verdaderos. La claridad la entendería como aquella cualidad inherente a una idea cuando ésta se presente a una mente atenta sin dificultad alguna. Por su parte, la distinción se refiere a la necesidad de que tal idea se muestre a nuestra mente de modo diferente a otras evitando así cualquier confusión.

7.- Espíritu: término cartesiano con el que se designa aquella sustancia finita que sólo existe por el concurso ordinario de Dios, de naturaleza contingente y cuya esencia o naturaleza sólo reside en pensar. Nos referimos a la sustancia pensante o “res cogitans”, identificada por el áureo habitualmente por los términos alma, yo y razón.

8.- Razón = Espíritu

9.- Verdaderos (según el contenido del texto): cualidad de aquellos conocimientos o ideas que son ciertos y evidentes, pero donde deberíamos tener en cuenta dónde reside el fundamento u origen de la veracidad de tales conocimientos. Podríamos hablar, en primer lugar, de la tradición o podríamos hablar igualmente, en segundo lugar, del planteamiento cartesiano, en cuyo caso, tal veracidad se fundamentaría en la claridad y distinción de esos conocimientos.

10.- Opiniones: término con el que designa aquel conjunto de conocimientos e ideas carentes de validez, certeza y veracidad, que tienen su origen en el sentido común, en el uso de los sentidos no juzgados por el tribunal de la razón.

11.- Ciencias: término con el que el autor designa aquellas disciplinas que por aquella época, tradicionalmente, se consideraban paradigmas del conocimiento científico: las matemáticas y lógica. Ciencias cuyo conocimiento obtendría Descartes a raíz de su formación altamente escolástica en los años de permanencia en el colegio jesuita de la Flechè.

12.- Lógica, Álgebra y Geometría: ciencias o modelos paradigmáticos de conocimiento científico que contribuirían a la elaboración cartesiana de aquel método que nos asegurara fundamentar deductivamente la veracidad de nuestro conocimiento.

13.- Entendimiento = ingenio = (Razón, Espíritu y Alma). En este caso concreto, se añadiría los siguiente: término con el que concretamente el autor expresa la facultad de pensar (ya sea deductivamente como intuitivamente) de tal sustancia.

14.- Evidentemente = Clara y distintamente = Certeza = Verdadero

15.- Conocimiento verdadero = Conocimiento cierto = Indudable = Conocimiento = Conocer

16.- Yo /”Yo era” = Sustancia pensante = Espíritu

17.- Esencia = Ser = Naturaleza: término y expresión cartesiana con la que se designa el atributo principal que caracteriza a cada sustancia, proporcionándole no sólo aquello por lo cual esa sustancia es lo que es y distinta del resto de las sustancias, sino que al mismo tiempo, en su conocimiento reside la veracidad del mismo sobre tal sustancia. Serían tales esencias las que nos permitirían distinguir las dos sustancias afirmadas por Descartes: la substancia infinita (Dios) y las substancias finitas (alma y cuerpo).

18.- “Mí ser”: expresión cartesiana con la que el autor nos acerca al momento culmen en el cual el propio Descartes intuitivamente accede al principio de su filosofía: al conocimiento verdadero y evidente de su existencia como sujeto cuya naturaleza sólo reside en el hecho de pensar. En este sentido, con esta expresión nos acercamos al atributo de la “res cogitans” (el pensamiento) y en segundo lugar, como el propio Descartes afirmaría, al criterio de certeza de todos sus conocimientos: a saber, la claridad y distinción con la que ese dato intuitivo se le ha mostrado a su atento ingenio.

19.- Duda = Dudar: término fundamental en el planteamiento filosófico cartesiano y que tiene cabida en aquel método propuesto y adoptado por el autor como opción personal que se detalla en la segunda parte de su obra “Discurso el método”. Con la duda, no sólo nos podemos referir a aquella manifestación o modificación del pensamiento como atributo principal o esencia de la sustancia pensante, sino igualmente al acto racional que debe ser llevado a cabo en la primera fase de la aplicación del método antes citado con la intención de conseguir nuevos conocimientos deductivamente ciertos. Tal acto dubitativo se encuentra en la regla de la evidencia, donde se nos dice que hay que someter a un proceso de análisis y síntesis aquellos conocimientos que no se nos muestren claros y distintos.

20.- Deducir: término que adquiere un significado especial e importante dentro de la metodología cartesiana. Tras una evolución personal que lo llevaría a abandonar un modelo renacentista y pasando por su proyecto de la “Mathesis Universalis”, Descartes propondría como método científico el ya conocido método Hipotético-Deductivo. Éste, junto con el otro famoso método cartesiano, propuesto en la segunda parte de su obra “Discurso del Método”, que ninguna relación mantiene con el anterior, comparten, sin embargo, un elemento que los caracterizará: su naturaleza deductiva. La veracidad de nuestro conocimiento se fundamentará en el correcto uso del tribunal de la razón que se someterá a una cadena deductiva de razonamientos por los cuales obtendremos la validez de nuevos conocimientos a partir de otros ya conocidos o bien de otros que inicialmente se muestran dudosos.

21.- Imaginación: facultad que en el sistema cartesiano está asociada a la elaboración de un determinado tipo de conocimientos: las ideas facticias, entendidas como aquellas ideas, aquellos conocimientos que elaborados por medio de la imaginación y tomando como base las ideas adventicias, nutren a la mente de un conocimiento que en todo caso resulta dudoso.

22.- Sentidos: término con el que se designa el modo primigenio a través del cual el hombre adquiere un conocimiento o conjunto de ideas, que nacen de sus múltiples sensaciones y que son identificadas por el autor como ideas adventicias. Tales ideas son dudosas y carentes de validez en tanto que no se muestran de forma clara y distinta, pero que sin embargo, y rompiendo un tópico muy racionalista, dicha información no tiene por que ser abandonada: sólo deberá ser sometida al tribunal de la razón como único depositario de la garantía de la validez de nuestros conocimientos.

23.- Paralogismos: término usado por Descartes en un momento de su proceso dubitativo metódico y que sirve para poner de manifiesto la omnipotencia de la razón, al afirmar que los errores de esta en sus demostraciones son sólo producidos por el engaño que ésta sufre de manos de algún geniecillo maligno que utiliza y gasta toda su industria e ingenio en hacer que la razón tome por verdadero aquel razonamiento que es falso y viceversa. En ese sentido, por paralogismo podríamos entender aquel razonamiento que aparentemente resulta verdadero cuando no lo es.

24.- Pensar: término con el que se identifica la esencia o atributo personal de aquella sustancia finita que para existir sólo necesita del concurso ordinario de Dios y que nuestro autor identifica con términos como alma, razón o espíritu.

25.- Falso: término cartesiano que usamos para identificar la cualidad que poseen determinados conocimientos e ideas que no se presentan de forma clara y distinta, y que habitualmente quedan relacionados con las ideas adventicias y facticias.

26.- Escépticos: término con el que se hace referencia histórica a uno de los movimientos filosóficos aparecidos en la filosofía helénica. Inaugurado el movimiento por Pirrón de Elis, los escépticos, en busca de la felicidad y entendida ésta como ataraxia (imperturbabilidad de ánimo) usaban la epojè (suspensión del juicio sobre algo o ejercicio de la duda) sobre todo aquello que les causara la más mínima perturbación anímica. Así el ejercicio de la duda se convertía en algo constante pero con ciertas connotaciones destructivas, en la medida en que se renunciaba a una búsqueda de aquello que perturbaba precisamente por su desconocimiento. Aunque en Descartes, está presente dicho ejercicio dubitativo, éste se manifiesta de forma contraria al movimiento escéptico: lejos de renunciar a lo desconocido, él se adentra en ello con el fin de transformarlo en conocimiento verdadero. Así, la metodología cartesiana es escéptica pero de forma únicamente provisional.

27.- Sustancia: término de naturaleza metafísica que en el sistema cartesiano adquiere un significado distinto del tradicional. La sustancia cartesiana puede entenderse como una transformación o alteración conceptual de sistema metafísico-teológico tradicional heredado de la Escolástica: es decir, la creencia en una única substancia (Dios) que crea a las restantes criaturas divinas o seres contingentes. La necesidad del primero contrastaría con la contingencia del segundo grupo. Por su parte, Descartes, aceptaría la definición tradicional de Sustancia infinita (Dios) como aquel ser que para existir sólo necesitad de sí mismo. Sin embargo, a los seres contingentes les proporcionaría la categoría de sustancia, aunque fuera de una forma finita y entendiéndola como aquel ser cuya existencia necesita del concurso y participación ordinaria de Dios. Aquí se encontrarían el cuerpo y el alma. Es con este término con el que Descartes lleva a cabo no sólo la Fundamentación metafísica de su propio método científico, sino también la defensa de una determinada visión mecanicista del universo reducible a tres tipos de entes: Dios, el pensamiento y la materia.

28.- Cuerpo: término referido a una de las dos sustancias finitas usadas por Descartes para la Fundamentación metafísica de su método científico y para la defensa de una determinada visión mecanicista de la realidad centrada sólo en la existencia de tres tipos de entidades: Dios, el pensamiento y la materia. Materia que en el caso de su visión antropológica (visión sobre la naturaleza y estructura del ser humano) quedaría identificada con el cuerpo, caracterizado éste por su esencia (la extensión) y por sus modos o manifestaciones parciales de dicha esencia, siendo una de ellas fundamental para entender la realidad física: el movimiento. Un cuerpo donde inevitablemente estaría alojada el alma en una supuesta glándula que posteriormente la Medicina nos ha dado a conocer como “glándula pineal”.

29.- Omniperfecto: término que designa una de las cualidades inherentes a aquella substancia infinita que para existir sólo necesita de sí misma y que es la causa primera e incausada de las dos restantes sustancias finitas (alma y cuerpo). Cualidad a la que inductivamente Descartes llega basándose en las perfecciones que de modo limitado se presentan en el hombre. Dad su naturaleza contingente, tales perfecciones no pueden venir del mismo hombre, sino más bien de aquel foco de perfecciones que en ningún momento podrían darse de forma limitada: Dios.

30.- “Idea de un ser más perfecto”: expresión con la que Descartes hace referencia a una de las ideas innatas, claras y distintas que la razón posee y a la que la misma razón cartesiana ha llegado deductivamente partiendo de la primera certeza metafísica que se le presenta de forma intuitiva, clara y distinta: su existencia como una sustancia pensante. Precisamente, la duda y por tanto el error son propios en la naturaleza del conocimiento humano. En ese sentido, aquel conocimiento verdadero e indubitable que poseemos no procede de nosotros, sino que más bien es garantizado por otro. Por aquel en cuyo pensamiento no existe el error: Dios. Así, de la conciencia de error como atributo del pensamiento humano, Descartes llegara a afirmar otra certeza metafísica: la necesidad de la existencia de Dios. Una existencia que el propio Descartes argumentará al modo medieval usando los argumentos de S. Agustín, Sto. Tomás y S. Anselmo. En concreto esta expresión hace referencia al argumento del último usado por Descartes para tal fin.

31.- Ideas: término cartesiano muy relacionado con aquellas certezas metafísicas que sustentarían su particular visión de la realidad así como con los contenidos y actos mentales que la razón humana puede albergar. En lo referente al primer caso, hablaríamos de aquellas tres ideas innatas (Dios, alma y cuerpo). En el segundo, hablaríamos de aquellos actos mentales por medio de los cuales opera el pensamiento, siendo todos los actos e ideas iguales. En cuanto, a las ideas como contenidos mentales, éstos diferirán en función de su origen: ideas adventicias (sentidos), facticias (imaginación) e innatas (razón)

32.- “Ideas de Dios y alma”: expresión cartesiana con la que se nos pone en contacto con las ideas innatas de la substancia infinita (Dios) y una de las substancias finitas (alma). Estas ideas debe ser consideradas como las dos primeras certezas metafísicas obtenidas por Descartes y que junto con la tercera (la existencia de la materia) formarían su sistema metafísico que nos proporcionaría una visión mecánica de la realidad física totalmente compatible con la libertad, el pensamiento y Dios.

33.- Certeza metafísica: expresión cartesiana que hace referencia a aquellos principios evidentes, verdaderos y ciertos, que siendo claros y distintos nos proporcionan un esquema sustancial que nos permite interpretar la realidad como una realidad física caracterizada por el extensión y el movimiento compatible con el pensamiento y la libertad ajena e independiente de la materia y un Dios Omniperfecto e infinitamente bondadoso. Con tales certezas, descubiertas deductivamente a partir de la primera intuición (“cogito, ergo sum”) nos referiríamos a la famosa teoría cartesiana de la realidad y de sus tres substancias.
(Este vocabulario ha sido tomado de la web del Colegio Santo Tomás de Aquino)

Modelo de examen. Descartes

MODELO
DESCARTES
(LÍNEA ÓNTICO-EPISTEMOLÓGICA)

Texto:

El primero consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal. Es decir, con todo cuidado debía evitar la precipitación y la prevención, admitiendo exclusivamente en mis juicios aquello que se presentara tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.
El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.
El tercero requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los objetos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo inclusive un orden entre aquellos que no se preceden naturalmente los unos a los otros.
Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan completos y revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada.

R. Descartes, Discurso del Método, II


1) Descripción del contexto histórico-cultural y filosófico que influye en el autor del texto elegido.

Este texto pertenece a Descartes, filósofo francés nacido en La Haya (Francia) en el año 1596 y fallecido en el año 1650 y a su obra “Discurso del Método”. Descartes ha de ser considerado tópicamente como uno de los responsables de la modernidad y de su filosofía, y por supuesto el máximo responsable de la revitalización del idealismo y racionalismo. Debe ser recordado, tal y como él pretendía por sus contribuciones científicas, de entre las cuales destacaríamos el intento de elaborar un nuevo método filosófico que garantizase la objetividad y validez universal de todos sus conocimientos en íntima conexión con el método matemático. Es, sin embargo, su gran legado para la Historia de la Filosofía la Teoría de las tres substancias formulada con la única intención de fundamentar filosóficamente aquel método y que tendría como origen el “cogito cartesiano”. Respecto a la obra a la cual pertenece el texto, titulada “Discurso del método y de la recta conducción de la razón y de la búsqueda de la verdad en las ciencias” sería publicada como obra independiente en 1936, estando ya preparado mucho antes como prefacio o prólogo de una obra publicada póstumamente titulada “Mundo o Tratado de la Luz”, encontrándose la causa de tal modificación en las repercusiones en el ambiente intelectual de la condena de Galileo por la Santa Sede. Escrita de forma autobiográfica, consta de seis partes bastantes inconexas donde podríamos considerar como partes fundamentales la segunda y cuarta parte, donde respectivamente, nuestro autor hace referencia a su método y a la fundamentación metafísica del mismo que se encontraría en el ya aludido “cogito”. Por su parte y respecto al siglo, se caracterizaría por ser una siglo de gran convulsión política e intelectual, donde se desarrollaría intensamente el pensamiento filosófico devenido en gnoseología y epistemología teniendo como telón de fondo las continuas guerras religiosas que azotarían la Europa del siglo XVII.


Históricamente, llamaríamos la atención sobre el acontecimiento más cercano temporalmente a Descartes: la Guerra de los treinta años. Tras ésta se sucederían acontecimientos políticos que desdibujarían continuamente el mapa de Europa: Muere Felipe III, Richelieu se convierte en presidente del Consejo Real en Francia, Luis XII declara la Guerra a España, se produce la Rebelión de Portugal y Cataluña contra Felipe V, se produce una guerra civil en Inglaterra entre el rey y el parlamento. Así llegaríamos finalmente a la Paz de Westfalia con la acabaría la guerra de los treinta años al tiempo que se declaraba la libertad religiosa en Alemania y la independencia de Portugal.

Culturalmente, desde la filosofía asistimos al nacimiento del racionalismo y empirismo moderno de la mano de pensadores como Descartes y Locke. Dos teorías ontoepistémicas que dibujarán las dos líneas fundamentales del desarrollo de la filosofía hasta la llegada del Idealismo transcendental Kantiano al que se subirán pensadores tales como Pascal, Spinoza, Malebranche o Hobbes y que crearán el marco filosófico bajo el cual se desarrolla la ciencia moderna llevada a su culminación con las aportaciones de Galileo y Newton, pero sólo posible por las contribuciones de otros científicos y filósofos importantes presentes ya desde el Otoño de la Edad Media: Occam, Bacon, Copérnico, Brahe, Kepler, entre otros. Una ciencia moderna que de desarrollaría a través de varios campos (la física, la matemática, la metodología de la ciencia, la química o la medicina), pero que encontraría en la Astronomía aquella disciplina paradigmática en la que es sumamente palpable la revolución científica de la modernidad. Una revolución que partiría del Renacimiento donde bajo una férrea defensa de la libertad de pensamiento, el paradigma aristotélico-ortodoxo sería sustituido por el paradigma renacentista como paso previa para la definitiva legada del mecanicismo moderno. En otro ámbito, la existencia de Descartes tendría lugar en un momento de gran pérdida para la cultura y la Humanidad dada las continuas muertes de personajes de la talla de Góngora, Cervantes, Moliére, Lope de Vega, Rubens o Quevedo.

2) Comentario del texto:
Apartado a) Explicación de las expresiones subrayadas.

Claridad y distinción son para Descartes las cualidades de todo pensamiento o idea que se muestra con tal grado de evidencia que resulta totalmente indudable. Claridad en tanto que ese pensamiento se muestra a una mente atenta sin dificultad alguna. Distinción cuando resulte imposible confundir eses pensamiento con otro de naturaleza similar. Características éstas de todo pensamiento que nos llevaría al conocimiento, por supuesto un conocimiento verdadero que tiene como base la intuición y por tanto la simple operación de la razón.

Apartado b) Exposición de la temática del mismo.

En este texto, Descartes enumera de forma detallada cada uno de los cuatro pasos (las reglas de su famoso método cartesiano) diseñado específicamente y de aplicación totalmente personal, necesarios para dirigir correctamente su pensamiento en la búsqueda de la veracidad de todos sus propios pensamientos y que tendría como regla fundamental la identificación del conocimiento verdadero y evidente con la intuición clara y distinta.

Apartado c) Justificación desde la posición filosófica del autor.

René Descartes debe ser considerado como uno de los filósofos más representativos de la filosofía moderna, en contra de su propia intención. Y decimos esto en la medida en que sabemos por referencias directas de él que su principal contribución a la historia del pensamiento debía encontrarse en el campo de la ciencia, y en concreto en su principal aportación científica: la elaboración de un método científico.

Pero aquí es donde entra en juego una de las obras más emblemáticas de la filosofía, en general, y del autor, en particular: el “Discurso del método y de la recta conducción de la razón y de la búsqueda de la verdad en las ciencias” (más conocida popularmente como el “Discurso del método”). Ésta fue presentada por el autor en el año 1637 como una obra independiente (siendo en su mayor parte el prólogo de la obra “Mundo o Tratado de la luz”) en donde se nos propone la búsqueda personal y metódica de Descartes en pos de la verdad.

Una búsqueda que tiene como punto de partida la duda de todos sus pensamientos en un intento de encontrar un criterio indudable que le permita distinguir lo verdadero de lo falso y sobre él cimentar en su mente un edificio de conocimiento verdadero e indubitable. Una duda cartesiana que se caracteriza por ser teórica (las costumbres no eran sometidas a duda), provisional (el ejercicio de la duda tenía como finalidad dejar de dudar), metódica (en la medida en que el método era la propia duda de aquello que no se presentara evidente a su mente) y universal (en la medida en que debía ser una duda que abarcara todos sus pensamientos sobre el exterior y sobre sí mismo, lo cual hacía de la duda una duda hiperbólica).

Descartes somete sus pensamientos a duda, con la intención de ordenarlos (tal y como afirma en la segunda parte del “Discurso del método”) de forma metódica. En primer lugar, la evidencia en la que el sujeto debe dudar de todos aquellos pensamientos que no se le presenten de forma evidente. En segundo lugar, el análisis donde todas aquellas ideas complejas (que no se nos muestran de un forma evidente) las analizamos y descomponemos en las ideas simples que las forman para así comprenderlas mejor). En tercer lugar, realizamos una síntesis donde volvemos a unir tales ideas simples que ahora nos posibilitan la comprensión evidente de la anterior idea compleja que ahora se nos muestra clara y distinta. Finalmente ealizamos una enumeración o revisión en la que realizamos el recuento de todos los pasos anteriormente dados con la intención identificar algún error en el análisis y síntesis de la idea.

Un método filosófico que el propio Descartes aplica a sus pensamientos, dudando primero de los sentidos como fuente fiable de conocimiento. En segundo lugar, pondría en tela de juicio la diferencia entre la vigilia y el sueño y la tópica idea de considerar que lo real es lo único que se encuentra en el estado de vigilia. Con ello, el mundo exterior al sujeto en puesto en duda.

Ya sólo queda dudar del sujeto. En primer lugar, los razonamientos matemáticos (ejemplo por aquel entonces de verdad incuestionable) son también sometidos al ejercicio de la duda. Existen algunos razonamiento que aunque parezcan verdaderos no lo son (paralogismos) y el engaño que sufre en este caso la razón es por la acción del genio maligno. El mismo genio que hará que el propio Descartes dude de su propia existencia como sujeto. Un genio que debe se entendido como una hipótesis de trabajo y no como una ser que existe realmente fuera de la mente del propio Descartes.

Pero una vez dudado de todo, sólo hay una idea, un pensamiento que se le presenta al propio Descartes de una forma evidente, cierta e indudable por su claridad (propiedad de un pensamiento que se presenta sin dificultad alguna a la mente que la piensa) y distinción (propiedad de un pensamiento que no se puede confundir con ningún otro): que existe como un sujeto pensante (“cogito, ergo sum”). Aquí Descartes se encuentra con su primera certeza tras la cual volverá a ser consciente de otros dos: la existencia en su mente de la idea de Dios y de la idea de extensión.

La idea de Dios que también se le presenta clara y distinta será la que lleve a Descartes a pensar en la posibilidad de la existencia de ese Dios fuera de su mente, para lo cual recurrirá a tres pruebas racionales que demostraran al necesidad lógica de la existencia de ese ser: los argumentos de S. Anselmo, S. Agustín de Hipona y la tercera vía tomista.
Demostrada la existencia de Dios, éste garantizaría aquello que antes el propio Descartes había sometido a duda: la existencia de una realidad externa a él. Ahora la existencia de Dios garantizaba la existencia de una realidad externa de la que el propio Descartes tenía una idea clara y distinta.

Sin embargo, aún podía quedar una sombra de duda: ¿y si todo lo que yo he pensado hasta ahora lo he tomado como verdadero y resulta ser falso por obra de otro engaño del genio maligno?. Imposible, puesto que Dios con su existencia hacía imposible la existencia probable de ese genio y por tanto de mi equivocación: todo aquello que mi mente conociera clara y distintamente resultaba indubitable. Así Dios se convertía en garante de la verdad.

Para finalizar, poner de manifiesto que tal consideración cartesiana de Dios como garante de la verdad fue duramente criticada por Arnauld en la medida en que a juicio de éste Descartes incurría en un círculo vicioso en esta última argumentación: Dios es al mismo tiempo una idea de la mente de Descartes y al mismo tiempo es el fundamento de la claridad y distinción con la que se presenta la idea que tiene Descartes del propio Dios. Se convierte en fundamento y fundamentado al mismo tiempo.


3) Relación del tema elegido con otra posición filosófica y valoración razonada de su actualidad.

Con respecto a la temática planteada en el texto acerca de la verdad y del conocimiento de ésta por parte del hombre, en contra de la postura cartesiana encontraríamos en la historia del pensamiento una larga tradición de pensadores que defenderían un mayor protagonismo de los sentidos del que afirma el propio Descartes.

Una tradición que comenzaría con el fenomenismo de los sofistas que les llevaría a negar, en contra de lo que por aquel entonces se afirmaba, la existencia de definiciones universales universalmente verdaderas e indubitables. Esta tradición, que pasaría por las manos del científico y filósofo Aristóteles (el cual aceptaría la primacía del conocimiento sensorial igualmente aceptaba la existencia de un concepto universal que se abstraía de los datos sensibles) nos llevaría de una parte a la defensa del conocimiento intuitivo de Occam por medio del cual se afirmaba que el conocimiento racional se basaba en el conocimiento sensible de lo individual, hasta que llegaríamos al empirismo británico clásico representado por J. Locke, G. Berkeley y D. Hume.

En cuanto al tercer, máximo representante de esta movimiento que llevaría hasta el escepticismo, no coincidiría, en cuanto a la primacía de los sentidos, con la postura cartesiana. Para Hume, al igual que el propio Aristóteles, no hay nada en la mente humana que previamente no provenga de los sentidos. En este sentido, el origen de nuestro conocimiento reside en nuestras propias experiencias que nos suministran impresiones que posteriormente llegarán a nuestra mente en forma de recuerdos de esas mismas experiencias más débiles y más perennes. Con tales ideas, la imaginación compone un nuevo conocimiento mediante unos mecanismos de asociación innatos en toda mente humana que Hume llamaría leyes de la asociación.


La valoración de la actualidad de tales planteamientos nos llevaría en primer lugar a ver una similitud entre el planteamiento cartesiano y el cientificismo que hoy por hoy sigue imperando en nuestra sociedad: nada que no se pase por el ojo del microscopio y de lo cual no se tenga una evidencia experimental, no se puede asegurar y por tanto entraría dentro del campo de la duda razonable, del escepticismo y en algunos de los casos en el campo de lo milagroso o religioso.

Ante esto, y en función de la postura cartesiana frente a los sentidos, éstos son necesarios, dudables o no, puesto que se convierten en la primera forma de contactar con todo aquello que nos rodea.

Finalmente, en relación con el planteamiento de Hume, lo considero todo un adelantado al nacimiento y posterior desarrollo de la Psicología, ya que dentro de este campo y en concreto en los estudios sobre el conocimiento y la percepción humana, la corriente más usada en la actualidad es la teoría de la Gestalt. Ésta afirma que la sensación nos nutre de sensaciones que posteriormente unificamos no de cualquier forma para la elaboración de un concepto que sirva para la unificación de tales sensaciones: me refiero a las Leyes de la percepción.
(Este modelo de examen ha sido tomado de la web del Colegio Santo Tomás de Aquino)

domingo, 2 de enero de 2011

Contexto Histórico-cultural-filosófico de Descartes

1. Contexto histórico. El siglo XVII es un período de crisis en Europa: La consolidación de los estados modernos, sus afanes imperialistas y la lucha por la hegemonía entre Francia, España, Holanda e Inglaterra, provocan grandes enfrentamientos entre ellos. A los que se unen las guerras religiosas que azotan Europa. Una buena parte de la vida de Descartes coincide con la Guerra de los 30 años entre los estados católicos y protestantes del imperio alemán que concluye con la Paz de Westfalia. Francia, al igual que el resto de las grandes naciones europeas de la época, se organiza como una Monarquía Absoluta, que llegará a su apogeo con Luís XIV y la identificación entre el monarca y el estado.

2. Contexto cultural. Si desde el punto de vista histórico el tiempo de Descartes es el siglo XVII, desde el punto de vista cultural su tiempo es el Barroco. Es esta una época cuyo tono general es pesimista. A este pesimismo contribuye en gran medida la confrontación teológica entre católicos y protestantes de la que hemos hablado antes y en la que Descartes participó. Otro rasgo cultural interesante de esta época es la invención y desarrollo de la imprenta. Este invento permite, entre otras cosas, que el ámbito de la cultura salga fuera de los círculos eclesiásticos (Monasterios, catedrales) haciéndose accesible a personas ajenas a la religión. De ahí también que el latín comience a no ser la lengua culta en exclusiva y se publiquen muchos libros en las lenguas nacionales.

3. Contexto filosófico. La vida de Descartes coincide con el final del Renacimiento. Desde el punto de vista filosófico, podemos decir que ya hacía algún tiempo que Dios había dejado de ser el centro de la preocupación filosófica como ocurría en la Edad Media. El hombre se convierte en el objeto principal de la filosofía y, especialmente, los temas relacionados con el conocimiento. La escolástica medieval basada en el realismo aristotélico entra en crisis principalmente por causa del Nominalismo de Ockham que supone la ruptura entre fe y razón. Este es el terreno en el que Descartes es considerado el fundador y principal representante de la corriente racionalista. Esta corriente toma como referencia la ciencia moderna (Galileo, Bacon, Kepler) y como modelo el método matemático. Además, como el propio nombre indica, conceden a la razón, el conocimiento teórico, una importancia radical, aceptando el innatismo de los principios esenciales del conocimiento y despreciando el conocimiento sensorial como fuente fiable. Leibniz, Spinoza y, por supuesto el propio Descartes son los principales representantes del Racionalismo. Históricamente, el Racionalismo encuentra su oposición en el Empirismo británico de Locke y Hume. Ellos, y especialmente Hume, representan la oposición radical a la filosofía cartesiana fundando una corriente que rechaza la existencia de ideas innatas y pone en la información sensorial, la fuente y el límite del conocimiento humano.

Comparación y actualidad de Descartes

El tema general del que trata el texto es el conocimiento, por tanto, intentaremos establecer relaciones entre la teoría del conocimiento de Descartes y las de otros filósofos.
Descartes afirma que la fuente del conocimiento es la Razón. La razón, por sí sola, puede alcanzar, si esta dirigida por un método correcto, todo el conocimiento. Es decir, la razón no necesita de nadie más para llegar al conocimiento ni de los sentidos, ni de la fe.
La exclusión de la fe del ámbito del conocimiento lo distingue de la filosofía medieval, y en concreto de Tomás de Aquino. Éste consideraba que la fe era un ámbito de conocimiento independiente de la razón, y que en los asuntos en que coincidían la razón debía dejarse tutelar por la fe. La razón tenía a la fe como guía. Si afirmaba algo contrario a las verdades de fe es que estaba equivocada y debía rectificar. La experiencia no es un elemento fiable para Descartes.
Los sentidos nos engañan a veces, por tanto, no se puede construir sobre ellos una ciencia rigurosa.
Platón expone una idea similar a Descartes sobre la razón. La razón es el instrumento de conocimiento del alma. Es la única instancia que nos puede conducir a la contemplación de las ideas, auténticas realidades, y entre ellas a la más elevada, la Idea de Bien que nos ilumina con la verdad y permite el conocimiento. Platón no sólo coincide con Descartes en su valoración de la razón, sino en su menosprecio de los sentidos como fuente del conocimiento. Éstos, ligados al cuerpo, sólo pueden mostrarnos el Mundo Sensible, lo material. La información que nos transmiten los sentidos no merece ser calificada como conocimiento, según Platón, es opinión vinculada a la percepción, no al conocimiento y la verdad.
Una opinión contraria a la de Descartes y Platón en este punto es la de los empiristas. Locke y Hume consideran que el origen y el límite del conocimiento es la experiencia. Todo nuestro contenido mental proviene originariamente de lo captado por los sentidos. Afirman también que no podemos denominar conocimiento a ninguna idea que no tenga una relación directa con la experiencia. No hay conocimiento más allá de la experiencia. No obstante, los empiristas no niegan un papel a la razón en el campo del conocimiento. La razón rige el tipo de conocimiento que los empiristas llaman Relaciones de ideas. A partir de las ideas simples, provenientes de la experiencia, se pueden crear ideas complejas y cadenas de razonamientos como hacen las ciencias formales (lógica y matemática). Sin embargo, el conocimiento sobre la naturaleza y la realidad depende de lo que llaman Cuestiones de hecho, inmediatamente ligadas a la percepción.
Lo expuesto hasta ahora desemboca necesariamente en criterios distintos sobre la verdad. Para Descartes para que una idea sea verdadera deberá presentarse en mi mente de forma evidente, es decir, clara y distintamente. Tal y como lo hace el “Cogito”, primera verdad y modelo para las demás. A partir de estas ideas evidentes y aplicando correctamente su método deductivo, estima Descartes que, se pueden obtener nuevos conocimientos igualmente ciertos.
Si tuviéramos que buscar un criterio de verdad en Platón éste estaría vinculado a la contemplación de las ideas, iluminadas por la verdad que aporta la Idea de Bien. Sólo cuando el alma mira las cosas iluminadas por la verdad obtiene conocimiento.
El criterio de verdad que propone Hume es radicalmente diferente. Para que una idea pueda considerarse verdadera debe provenir de una impresión previa. Una impresión es la huella que deja en nuestra mente una experiencia, que al ser recordada se convierte en idea. Una idea que no provenga de una impresión será producto de la fantasía, fe, etc, pero nunca conocimiento.
Por último otro elemento fructífero para la comparación es la cuestión de las ideas innatas. El innatismo es un elemento clave para los planteamientos racionalistas. Descartes sólo a través de estas ideas puede demostrar la existencia de Dios y salir del solipsismo del yo. Para Descartes existen unas ideas que no son adventicias, pues no provienen del exterior, ni facticias, pues tampoco han sido creadas por mí, son las ideas innatas que deben, por consiguiente, estar en mi desde siempre (infinito, perfección…).
Platón no habla de ideas innatas pero si afirma que poseemos desde siempre todo el conocimiento. Con la teoría de la reminiscencia explica como el alma, en su existencia anterior a la unión con el cuerpo, contempló las ideas y alcanzó el conocimiento. Por causa de su unión al cuerpo el alma olvidó. Defiende Platón, frente a los sofistas, que conocer es recordar lo que ya sabemos pero permanece olvidado.
El innatismo es criticado y combatido por los empiristas como una concepción errónea y superflua. Locke afirma que nuestra mente llega al mundo cono una tabula rasa (página en blanco) en la que es la experiencia la que irá escribiendo. Todo nuestro conocimiento proviene, por tanto, de la experiencia sensible.


Actualidad

La informática es la última expresión de la actualidad del proyecto cartesiano. Tanto es así que se habla de «mundo digital», de un mundo expresado únicamente con ceros y unos. ¡Es el ideal cartesiano! Cuando estamos frente a un ordenador estamos frente a lo que Descartes calificaría de modelo perfecto de conocimiento (y, por tanto, de mundo): un marco absolutamente axiomatizado en el que a partir de unos primeros principios se deduce todo lo demás. En un ordenador no hay contradicciones, no hay elementos que no se deduzcan de los principios establecidos. Si el programa no funciona es porque está mal diseñado. La deducción siempre es perfecta y la conclusión necesaria.

Hay otras ideas cartesianas que vuelven una y otra vez. Por ejemplo, la sospecha de que la realidad en la que el hombre se mueve no sea tal, sino una mera ilusión de los sentidos que nos aleja de lo real ha sido retornada por varias producciones cinematográficas. El argumento de la indistinción entre sueño y vigilia se refleja en la producción española de Alejandro Amenábar Abre los ojos. El director nos presenta el tormento en el que vive el protagonista incapaz de distinguir cuándo está viviendo y cuándo está soñando que vive. El argumento del genio maligno es actualizado en Matrix, producción que nos describe un mundo habitado por hombres que creyendo conocer a través de sus sentidos un mundo sensible, realmente sólo reciben impulsos eléctricos controlados por un poderosísimo sistema informático. Es decir, unos hombres a los que un genio maligno, reinterpretado como un inmenso ordenador, engaña, convirtiendo la realidad digital en la realidad que se impone y esconde la verdadera.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Texto de Descartes

DESCARTES:
Discurso del Método. II, IV (Trad. G. Quintas Alonso). Ed. Alfaguara. Madrid. 1981, pp. 14-18, 24-30.
(Marcados en color los fragmentos que caído en selectividad en los últimos años)

SEGUNDA PARTE

Pero al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tomé la resolución de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección en todas las cosas que aunque avanzase muy poco, al menos me cuidaría al máximo de caer. Por otra parte, no quise comenzar a rechazar por completo algunas de las opiniones que hubiesen podido deslizarse durante otra etapa de mi vida en mis creencias sin haber sido asimiladas en la virtud de la razón, hasta que no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el proyecto emprendido e indagar el verdadero método con el fin de conseguir el conocimiento de todas las cosas de las que mi espíritu fuera capaz.
Había estudiado un poco, siendo más joven, la lógica de entre las partes de la filosofía; de las matemáticas el análisis de los geómetras y el álgebra. Tres artes o ciencias que debían contribuir en algo a mi propósito. Pero habiéndolas examinado, me percaté que en relación con la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus reglas sirven más para explicar a otro cuestiones ya conocidas o, también, como sucede con el arte de Lulio, para hablar sin juicio de aquellas que se ignoran que para llegar a conocerlas. Y si bien la lógica contiene muchos preceptos verdaderos y muy adecuados, hay, sin embargo, mezclados con estos otros muchos que o bien son perjudiciales o bien superfluos, de modo que es tan difícil separarlos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol aún no trabajado. Igualmente, en relación con el análisis de los antiguos o el álgebra de los modernos, además de que no se refieren sino a muy abstractas materias que parecen carecer de todo uso, el primero está tan circunscrito a la consideración de las figuras que no permite ejercer el entendimiento sin fatigar excesivamente la imaginación. La segunda está tan sometida a ciertas reglas y cifras que se ha convertido en un arte confuso y oscuro capaz de distorsionar el ingenio en vez de ser una ciencia que favorezca su desarrollo. Todo esto fue la causa por la que pensaba que era preciso indagar otro método que, asimilando las ventajas de estos tres, estuviera exento de sus defectos. Y como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve para los vicios de tal forma que un Estado está mejor regido cuando no existen más que unas pocas leyes que son minuciosamente observadas, de la misma forma, en lugar del gran número de preceptos del cual está compuesta la lógica, estimé que tendría suficiente con los cuatro siguientes con tal de que tomase la firme y constante resolución de no incumplir ni una sola vez su observancia.
El primero consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había conocido evidentemente como tal. Es decir, con todo cuidado debía evitar la precipitación y la prevención, admitiendo exclusivamente en mis juicios aquello que se presentara tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.
El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.
El tercero requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los objetos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo inclusive un orden entre aquellos que no se preceden naturalmente los unos a los otros.
Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan completos y revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada.

Las largas cadenas de razones simples y fáciles, por medio de las cuales generalmente los geómetras llegan a alcanzar las demostraciones más difíciles, me habían proporcionado la ocasión de imaginar que todas las cosas que pueden ser objeto del conocimiento de los hombres se entrelazan de igual forma y que, absteniéndose de admitir como verdadera alguna que no lo sea y guardando siempre el orden necesario para deducir unas de otras, no puede haber algunas tan alejadas de nuestro conocimiento que no podamos, finalmente, conocer ni tan ocultas que no podamos llegar a descubrir. No supuso para mi una gran dificultad el decidir por cuales era necesario iniciar el estudio: previamente sabía que debía ser por las más simples y las más fácilmente cognoscibles. Y considerando que entre todos aquellos que han intentado buscar la verdad en el campo de las ciencias, solamente los matemáticos han establecido algunas demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba que debía comenzar por las mismas que ellos habían examinado. No esperaba alcanzar alguna unidad si exceptuamos el que habituarían mi ingenio a considerar atentamente la verdad y a no contentarse con falsas razones. Pero, por ello, no llegué a tener el deseo de conocer todas las ciencias particulares que comúnmente se conocen como matemáticas, pues viendo que aunque sus objetos son diferentes, sin embargo, no dejan de tener en común el que no consideran otra cosa, sino las diversas relaciones y posibles proporciones que entre los mismos se dan, pensaba que poseían un mayor interés que examinase solamente las proporciones en general y en relación con aquellos sujetos que servirían para hacer más cómodo el conocimiento. Es más, sin vincularlas en forma alguna a ellos para poder aplicarlas tanto mejor a todos aquellos que conviniera. Posteriormente, habiendo advertido que para analizar tales proporciones tendría necesidad en alguna ocasión de considerar a cada una en particular y en otras ocasiones solamente debería retener o comprender varias conjuntamente en mi memoria, opinaba que para mejor analizarlas en particular, debía suponer que se daban entre líneas puesto que no encontraba nada más simple ni que pudiera representar con mayor distinción ante mi imaginación y sentidos; pero para retener o considerar varias conjuntamente, era preciso que las diera a conocer mediante algunas cifras, lo más breves que fuera posible. Por este medio recogería lo mejor que se da en el análisis geométrico y en el álgebra, corrigiendo, a la vez, los defectos de una mediante los procedimientos de la otra.
Y como, en efecto, la exacta observancia de estos escasos preceptos que había escogido, me proporcionó tal facilidad para resolver todas las cuestiones, tratadas por estas dos ciencias, que en dos o tres meses que empleé en su examen, habiendo comenzado por las más simples y más generales, siendo, a la vez, cada verdad que encontraba una regla útil con vistas a alcanzar otras verdades, no solamente llegué a concluir el análisis de cuestiones que en otra ocasión había juzgado de gran dificultad, sino que también me pareció, cuando concluía este trabajo, que podía determinar en tales cuestiones en qué medios y hasta dónde era posible alcanzar soluciones de lo que ignoraba. En lo cual no pareceré ser excesivamente vanidoso si se considera que no habiendo más que un conocimiento verdadero de cada cosa, aquel que lo posee conoce cuanto se puede saber. Así un niño instruido en aritmética, habiendo realizado una suma según las reglas pertinentes puede estar seguro de haber alcanzado todo aquello de que es capaz el ingenio humano en lo relacionado con la suma que él examina. Pues el método que nos enseña a seguir el verdadero orden y a enumerar verdaderamente todas las circunstancias de lo que se investiga, contiene todo lo que confiere certeza a las reglas de la Aritmética.
Pero lo que me producía más agrado de este método era que siguiéndolo estaba seguro de utilizar en todo mi razón, si no de un modo absolutamente perfecto, al menos de la mejor forma que me fue posible. Por otra parte, me daba cuenta de que la práctica del mismo habituaba progresivamente mi ingenio a concebir de forma más clara y distinta sus objetos y puesto que no lo había limitado a materia alguna en particular, me prometía aplicarlo con igual utilidad a dificultades propias de otras ciencias al igual que lo había realizado con las del Álgebra. Con esto no quiero decir que pretendiese examinar todas aquellas dificultades que se presentasen en un primer momento, pues esto hubiera sido contrario al orden que el método prescribe. Pero habiéndome prevenido de que sus principios deberían estar tomados de la filosofía, en la cual no encontraba alguno cierto, pensaba que era necesario ante todo que tratase de establecerlos. Y puesto que era lo más importante en el mundo y se trataba de un tema en el que la precipitación y la prevención eran los defectos que más se debían temer, juzgué que no debía intentar tal tarea hasta que no tuviese una madurez superior a la que se posee a los veintitrés años, que era mi edad, y hasta que no hubiese empleado con anterioridad mucho tiempo en prepararme, tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones y realizando un acopio de experiencias que deberían constituir la materia de mis razonamientos, como ejercitándome siempre en el método que me había prescrito con el fin de afianzarme en su uso cada vez más.

CUARTA PARTE

No sé si debo entreteneros con las primeras meditaciones allí realizadas, pues son tan metafísicas y tan poco comunes, que no serán del gusto de todos. Y sin embargo, con el fin de que se pueda opinar sobre la solidez de los fundamentos que he establecido, me encuentro en cierto modo obligado a referirme a ellas. Hacía tiempo que había advertido que, en relación con las costumbres, es necesario en algunas ocasiones opiniones muy inciertas tal como si fuesen indudables, según he advertido anteriormente. Pero puesto que deseaba entregarme solamente a la búsqueda de la verdad, opinaba que era preciso que hiciese todo lo contrario y que rechazase como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de comprobar si, después de hacer esto, no quedaría algo en mi creencia que fuese enteramente indudable. Así pues, considerando que nuestros sentidos en algunas ocasiones nos inducen a error, decidí suponer que no existía cosa alguna que fuese tal como nos la hacen imaginar. Y puesto que existen hombres que se equivocan al razonar en cuestiones relacionadas con las más sencillas materias de la geometría y que incurren en paralogismos, juzgando que yo, como cualquier otro estaba sujeto a error, rechazaba como falsas todas las razones que hasta entonces había admitido como demostraciones. Y, finalmente, considerado que hasta los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos pueden asaltarnos cuando dormimos, sin que ninguno en tal estado sea verdadero, me resolví a fingir que todas las cosas que hasta entonces habían alcanzado mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras deseaba pensar de este modo que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y dándome cuenta de que esta verdad: pienso, luego soy, era tan firme y tan segura que todas las extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de hacerla tambalear, juzgué que podía admitirla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que yo indagaba.
Posteriormente, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía fingir que carecía de cuerpo, así como que no había mundo o lugar alguno en el que me encontrase, pero que, por ello, no podía fingir que yo no era, sino que por el contrario, sólo a partir de que pensaba dudar acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy evidente y ciertamente que yo era, mientras que, con sólo que hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón alguna para creer que yo hubiese sido, llegué a conocer a partir de todo ello que era una sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino en pensar y que tal sustancia, para existir, no tiene necesidad de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De suerte que este yo, es decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo, más fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo no fuese, no dejaría de ser todo lo que es.
Analizadas estas cuestiones, reflexionaba en general sobre todo lo que se requiere para afirmar que una proposición es verdadera y cierta, pues, dado que acababa de identificar una que cumplía tal condición, pensaba que también debía conocer en qué consiste esta certeza. Y habiéndome percatado que nada hay en pienso, luego soy que me asegure que digo la verdad, a no ser que yo veo muy claramente que para pensar es necesario ser, juzgaba que podía admitir como regla general que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; no obstante, hay solamente cierta dificultad en identificar correctamente cuáles son aquellas que concebimos distintamente.
A continuación, reflexionando sobre que yo dudaba y que, en consecuencia, mi ser no era omniperfecto pues claramente comprendía que era una perfección mayor el conocer que el dudar, comencé a indagar de dónde había aprendido a pensar en alguna cosa más perfecta de lo que yo era; conocí con evidencia que debía ser en virtud de alguna naturaleza que realmente fuese más perfecta. En relación con los pensamientos que poseía de seres que existen fuera de mi, tales como el cielo, la tierra, la luz, el calor y otros mil, no encontraba dificultad alguna en conocer de dónde provenían pues no constatando nada en tales pensamientos que me pareciera hacerlos superiores a mi, podía estimar que si eran verdaderos, fueran dependientes de mi naturaleza, en tanto que posee alguna perfección; si no lo eran, que procedían de la nada, es decir, que los tenía porque había defecto en mi. Pero no podía opinar lo mismo acerca de la idea de un ser más perfecto que el mío, pues que procediese de la nada era algo manifiestamente imposible y puesto que no hay una repugnancia menor en que lo más perfecto sea una consecuencia y esté en dependencia de lo menos perfecto, que la existencia en que algo proceda de la nada, concluí que tal idea no podía provenir de mí mismo. De forma que únicamente restaba la alternativa de que hubiese sido inducida en mí por una naturaleza que realmente fuese más perfecta de lo que era la mía y, también, que tuviese en sí todas las perfecciones de las cuales yo podía tener alguna idea, es decir, para explicarlo con una palabra que fuese Dios. A esto añadía que, puesto que conocía algunas perfecciones que en absoluto poseía, no era el único ser que existía (permitidme que use con libertad los términos de la escuela), sino que era necesariamente preciso que existiese otro ser más perfecto del cual dependiese y del que yo hubiese adquirido todo lo que tenía. Pues si hubiese existido solo y con independencia de todo otro ser, de suerte que hubiese tenido por mi mismo todo lo poco que participaba del ser perfecto, hubiese podido, por la misma razón, tener por mi mismo cuanto sabía que me faltaba y, de esta forma, ser infinito, eterno, inmutable, omnisciente, todopoderoso y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía comprender que se daban en Dios. Pues siguiendo los razonamientos que acabo de realizar, para conocer la naturaleza de Dios en la medida en que es posible a la mía, solamente debía considerar todas aquellas cosas de las que encontraba en mí alguna idea y si poseerlas o no suponía perfección; estaba seguro de que ninguna de aquellas ideas que indican imperfección estaban en él, pero sí todas las otras. De este modo me percataba de que la duda, la inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que a mi mismo me hubiese complacido en alto grado el verme libre de ellas. Además de esto, tenía idea de varias cosas sensibles y corporales; pues, aunque supusiese que soñaba y que todo lo que veía o imaginaba era falso, sin embargo, no podía negar que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Pero puesto que había conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, considerando que toda composición indica dependencia y que ésta es manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección de Dios al estar compuesto de estas dos naturalezas y que, por consiguiente, no lo estaba; por el contrario, pensaba que si existían cuerpos en el mundo o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fueran totalmente perfectas, su ser debía depender de su poder de forma tal que tales naturalezas no podrían subsistir sin él ni un solo momento.
Posteriormente quise indagar otras verdades y habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que concebía como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en diversas partes, que podían poner diversas figuras y magnitudes, así como ser movidas y trasladadas en todas las direcciones, pues los geómetras suponen esto en su objeto, repasé algunas de las demostraciones más simples. Y habiendo advertido que esta gran certeza que todo el mundo les atribuye, no está fundada sino que se las concibe con evidencia, siguiendo la regla que anteriormente he expuesto, advertí que nada había en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto. Así, por ejemplo, estimaba correcto que, suponiendo un triángulo, entonces era preciso que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos; pero tal razonamiento no me aseguraba que existiese triángulo alguno en el mundo. Por el contrario, examinando de nuevo la idea que tenía de un Ser Perfecto, encontraba que la existencia estaba comprendida en la misma de igual forma que en la del triángulo está comprendida la de que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos o en la de una esfera que todas sus partes equidisten del centro e incluso con mayor evidencia. Y, en consecuencia, es por lo menos tan cierto que Dios, el Ser Perfecto, es o existe como lo pueda ser cualquier demostración de la geometría.
Pero lo que motiva que existan muchas personas persuadidas de que hay una gran dificultad en conocerle y, también, en conocer la naturaleza de su alma, es el que jamás elevan su pensamiento sobre las cosas sensibles y que están hasta tal punto habituados a no considerar cuestión alguna que no sean capaces de imaginar (como de pensar propiamente relacionado con las cosas materiales), que todo aquello que no es imaginable, les parece ininteligible. Lo cual es bastante manifiesto en la máxima que los mismos filósofos defienden como verdadera en las escuelas, según la cual nada hay en el entendimiento que previamente no haya impresionado los sentidos. En efecto, las ideas de Dios y el alma nunca han impresionado los sentidos y me parece que los que desean emplear su imaginación para comprenderlas, hacen lo mismo que si quisieran servirse de sus ojos para oír los sonidos o sentir los olores. Existe aún otra diferencia: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetos que lo hacen los del olfato u oído, mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían asegurarnos cosa alguna si nuestro entendimiento no interviniese.
En fin, si aún hay hombres que no están suficientemente persuadidos de la existencia de Dios y de su alma en virtud de las razones aducidas por mí, deseo que sepan que todas las otras cosas, sobre las cuales piensan estar seguros, como de tener un cuerpo, de la existencia de astros, de una tierra y cosas semejantes, son menos ciertas. Pues, aunque se tenga una seguridad moral de la existencia de tales cosas, que es tal que, a no ser que se peque de extravagancia, no se puede dudar de las mismas, sin embargo, a no ser que se peque de falta de razón, cuando se trata de una certeza metafísica, no se puede negar que sea razón suficiente para no estar enteramente seguro el haber constatado que es posible imaginarse de igual forma, estando dormido, que se tiene otro cuerpo, que se ven otros astros y otra tierra, sin que exista ninguno de tales seres. Pues ¿cómo podemos saber que los pensamientos tenidos en el sueño son más falsos que los otros, dado que frecuentemente no tienen vivacidad y claridad menor? Y aunque los ingenios más capaces estudien esta cuestión cuanto les plazca, no creo puedan dar razón alguna que sea suficiente para disipar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios. Pues, en primer lugar, incluso lo que anteriormente he considerado como una regla (a saber: que lo concebido clara y distintamente es verdadero) no es válido más que si Dios existe, es un ser perfecto y todo lo que hay en nosotros procede de él. De donde se sigue que nuestras ideas o nociones, siendo seres reales, que provienen de Dios, en todo aquello en lo que son claras y distintas, no pueden ser sino verdaderas. De modo que, si bien frecuentemente poseemos algunas que encierran falsedad, esto no puede provenir sino de aquellas en las que algo es confuso y oscuro, pues en esto participan de la nada, es decir, que no se dan en nosotros sino porque no somos totalmente perfectos. Es evidente que no existe una repugnancia menor en defender que la falsedad o la imperfección, en tanto que tal, procedan de Dios, que existe en defender que la verdad o perfección proceda de la nada. Pero si no conocemos que todo lo que existe en nosotros de real y verdadero procede de un ser perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no tendríamos razón alguna que nos asegurara de que tales ideas tuviesen la perfección de ser verdaderas.
Por tanto, después de que el conocimiento de Dios y el alma nos han convencido de la certeza de esta regla, es fácil conocer que los sueños que imaginamos cuando dormimos, no deben en forma alguna hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos. Pues, si sucediese, inclusive durmiendo, que se tuviese alguna idea muy distinta como, por ejemplo, que algún geómetra lograse alguna nueva demostración, su sueño no impediría que fuese verdad. Y en relación con el error más común de nuestros sueños, consistente en representamos diversos objetos de la misma forma que la obtenida por los sentidos exteriores, carece de importancia el que nos dé ocasión para desconfiar de la verdad de tales ideas, pues pueden inducirnos a error frecuentemente sin que durmamos como sucede a aquellos que padecen de ictericia que todo lo ven de color amarillo o cuando los astros u otros cuerpos demasiado alejados nos parecen de tamaño mucho menor del que en realidad poseen. Pues, bien, estemos en estado de vigilia o bien durmamos, jamás debemos dejarnos persuadir sino por la evidencia de nuestra razón. Y es preciso señalar, que yo afirmo, de nuestra razón y no de nuestra imaginación o de nuestros sentidos, pues aunque vemos el sol muy claramente no debemos juzgar por ello que no posea sino el tamaño con que lo vemos y fácilmente podemos imaginar con cierta claridad una cabeza de león unida al cuerpo de una cabra sin que sea preciso concluir que exista en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta que lo que vemos o imaginamos de este modo, sea verdadero. Por el contrario nos dicta que todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad, pues no sería posible que Dios, que es sumamente perfecto y veraz, las haya puesto en nosotros careciendo del mismo. Y puesto que nuestros razonamientos no son jamás tan evidentes ni completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque algunas veces nuestras imágenes sean tanto o más vivas y claras, la razón nos dicta igualmente que no pudiendo nuestros pensamientos ser todos verdaderos, ya que nosotros no somos omniperfectos, lo que existe de verdad debe encontrarse infaliblemente en aquellos que tenemos estando despiertos más bien que en los que tenemos mientras soñamos.