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lunes, 18 de abril de 2011

Comparación de Ortega y Gasset

Hemos podido comprobar al estudiar a Ortega que su filosofía tiene mucho de intento de síntesis y superación de posiciones anteriores. Nos centraremos en estos momentos de síntesis para rastrear las relaciones de Ortega con otros autores tratados. Ortega pretende encontrar nuevas posiciones superadoras de las que ofrece la tradición en tres asuntos diferentes pero estrechamente relacionados:


En primer lugar, Ortega, con la aportación del Raciovitalismo, procura la superación de las posiciones que defienden Racionalismo y Vitalismo acerca de las fuentes legítimas del conocimiento.


- El Racionalismo afirma que el único vehículo válido para acceder al verdadero conocimiento es la razón. Ejemplo de esta posición es Descartes, para él, la razón, por sí sola, es capaz de alcanzar todo el conocimiento posible. Nada puede ocultarse a la razón. Esta concepción de la razón es la que Ortega llama “Razón Pura”. El Racionalismo ha creído que es posible llevar el análisis de la realidad hasta el límite último de un modo satisfactorio y con plenas garantías de validez, verdad y rigurosidad científica basándose únicamente en la razón. Y supone que la realidad entera es absolutamente penetrable por razón. La realidad y el pensamiento coinciden, si bien la razón es independiente de la experiencia. El racionalista considera a la razón como una facultad casi divina, capaz de revelarle la esencia última de las cosas, del universo. Por eso, para conocer sus leyes toma como ciencia ideal las matemáticas, modelo de ciencia formal racional (Recordemos a este respecto, como se podía leer en la puerta de la Academia platónica “no entre aquí nadie que no sepa matemáticas” o la obsesión de Descartes porque la filosofía imitase el exitoso método matemático).


- Como reacción a esta concepción de la razón aparece en la historia de la Filosofía el Vitalismo. Podemos considerar a Nietzsche su máximo representante y el más despiadado crítico de la “Razón Pura”. La razón ha sometido a la vida bajo sus conceptos, la ha amordazado, y despreciado desde los tiempos de Sócrates y Platón. La razón incapaz de atrapar la vida la ha sustituido por un mundo de conceptos ficticios. El Vitalismo propone como camino para encontrar la verdad la vuelta a la vida, a lo instintivo, a los sentidos, repudiando la razón.


- Ortega salva ambos conceptos: vida y razón. Postula una nueva aplicación de la razón, la razón al servicio de la vida. La razón debe explicar la vida, nunca sustituirla. La razón es el instrumento adecuado para esclarecer el sentido de la vida. Frente al Racionalismo Ortega coloca a la vida en un papel principal y a la razón como instrumento suyo, como una más de sus funciones. Pretende la sustitución de la Razón Pura por este nuevo tipo de razón que el propugna: la Razón Vital Frente al Vitalismo Ortega da un lugar a la razón, la considera un instrumento válido y con una función importante. La superación de estas posturas es el Raciovitalismo.


En segundo lugar, teniendo como fondo la cuestión de dónde reside la verdadera realidad, Ortega afronta la síntesis y superación de las posturas realista e idealista.


- El Realismo, representante clásico de él es Aristóteles, supone que la realidad estriba en los objetos. La realidad la componen los objetos independientemente del pensamiento.


- El Idealismo, que comienza con Kant y tiene su máxima expresión con Hegel, identifica realidad con conciencia. La realidad, incluso aquella que nos parece exterior, no es más que una experiencia interna.


- Para Ortega la realidad primera, la auténtica y verdadera realidad, a la que el llama "Realidad Radical” es la vida. Critica al Realismo su olvido del yo, el sujeto está tan pendiente de lo exterior que se ignora a sí mismo. Critica, también, al Idealismo por recluir el mundo dentro de la conciencia. Ortega defiende que la realidad está constituida por el yo y el mundo unidos, indisociables. Esta unión es la vida. La Realidad Radical es la vida. En ella se funda todo conocimiento y verdad.


Por último, la Doctrina del Punto de Vista o Perspectivismo es presentada por Ortega como una superación de las posiciones defendidas por Racionalismo dogmático y Relativismo sobre la naturaleza de la Verdad.


- El Racionalismo cree en la existencia de verdades trascendentes, eternas e inmutables. Estas verdades pueden ser captadas por el sujeto, pero el conocimiento de éstas exige un sujeto puro, es decir, transparente, que se deje traspasar por estas verdades sin aportar nada propio que pudiera deformarlas. El Racionalismo requiere un modelo de sujeto estático, inmutable, idéntico.


- El Relativismo por su parte niega la posibilidad de que lleguemos a alcanzar ninguna verdad. Cada sujeto es diferente y capta la verdad de forma distinta. Si existiera esa verdad trascendente, al recibirla, sería modificada por las peculiaridades de cada sujeto, creyendo cada cual que esas deformaciones individuales son la verdad. Es imposible la Verdad.


- El Perspectivismo de Ortega defiende que hay tantas verdades como puntos de vista. Cada vida es una perspectiva de la Verdad. Además no hay otra forma de acceder a la Verdad, éste es el carácter de la Verdad, ofrecerse en perspectiva. Critica al racionalismo su pretensión de imponer una perspectiva como la única verdadera, además de su estatismo. Critica al Relativismo la conclusión de que son incompatibles múltiples verdades. Para Ortega las distintas perspectivas no son contradictorias sino complementarias.

Actualidad de Ortega y Gasset

La filosofía de Ortega y Gasset permanece plenamente vigente, no sólo por su proximidad en el tiempo, sino también por los temas tratados. Valgan como ejemplo las siguientes cuestiones:


El tema de España es una de las preocupaciones fundamentales de Ortega. Él vinculaba el desarrollo de nuestro país con su vinculación a Europa. Desde la adhesión de España a la Comunidad Europea éste desarrollo se ha hecho realidad.


Ortega también se queja de la distancia entre la política de su época, oligárquica y caciquil, y la sociedad civil. Hoy en día la distancia entre políticos y los ciudadanos es igualmente palpable: bajos índices de vinculación a partidos políticos y sindicatos; baja participación en consultas electorales; y, sobre todo, el descrédito de la clase política.


El perspectivismo de Ortega nos puede ayudar para comprender y encarar problemas cotidianos de hoy en día como: la diversidad cultural y la supuesta guerra de civilizaciones. Las posturas etnocentristas, que defienden la superioridad de unas culturas sobre otras, carecen de sentido viéndolas desde la perspectiva de Ortega. Los puntos de vista dependen de las circunstancias y nadie puede acceder a toda la verdad, solo podemos alcanzar a ver una parte de esa realidad la que nos permiten nuestras circunstancias. Ninguna cultura o civilización puede por tanto arrogarse toda la verdad. Solo la unión de las verdades parciales nos conducirá a la verdad integral.

sábado, 16 de abril de 2011

Teoría del Conocimiento de Ortega y Gasset

RACIOVITALISMO


El Raciovitalismo es la teoría del conocimiento de Ortega. Para abordar la cuestión epistemológica Ortega acude a la tradición filosófica de la que extrae dos posiciones contrapuestas: Racionalismo (Culturalismo) frente a Vitalismo.

Desde Sócrates y Platón la filosofía apostó por la razón como fuente exclusiva de todo conocimiento. La tradición filosófica siguió esos pasos: Descartes, Kant, etc. La vida no es tenida en cuenta, es suplantada por la razón. La razón nos puede llevar por si sola a todo el conocimiento, no se necesita acudir a la vida. Esta, también, será explicada por la razón.

Por otra parte, los movimientos vitalistas del siglo XIX y XX (Nietzsche, Bergson) afirman, al contrario que los racionalistas, que la única instancia a la que tenemos que recurrir para conocer la realidad es la vida. El vitalismo suele conducir a posturas irracionalistas que niegan la utilidad de la razón para alcanzar el conocimiento.

Ortega se muestra contrario a estos dos movimientos. Rechaza el racionalismo preguntándose: ¿puede la razón pura bastarse a si misma? ¿Puede sustituir al resto de la vida que es irracional? Su respuesta es no. Tampoco concuerda con el vitalismo irracionalista: ¿se puede prescindir completamente de la razón?

Ortega propone la superación y disolución del racionalismo y del vitalismo a través de una síntesis: el Raciovitalismo. Esta es una teoría del conocimiento que tiene como punto de partida la vida. Pero que pretende interrelacionar la razón con sus raíces vitales irracionales. Ortega toma como ejemplo una isla, que representaría a la razón, sosteniéndose sobre un mar que representa lo vital, lo irracional. La razón surge desde lo irracional. El Raciovitalismo pone la razón al servicio de la vida. La razón no puede suplantar a la vida. La razón tiene que estar en contacto con la realidad (la vida). La razón tiene que ser una sola cosa con el vivir. Esta razón es la que Ortega llama razón Vital frente a la razón suplantadora de la vida que defendía el racionalismo, a la que Ortega denomina razón Pura.

La vida es la Realidad Radical, (la realidad raíz, la realidad más profunda, el origen) dentro de la cual se encuentran todas las demás realidades, entre ellas la razón. Sin embargo, podemos encontrar distintas concepciones de la Realidad al acudir a la Historia de la filosofía. ¿Dónde buscar la Realidad Radical?

Para Ortega la realidad no esta: En las cosas independientemente de mi pensar. Como pretendería el Realismo. El realismo es una actitud que supone que lo que hay son las cosas y estas tienen ser en si. (Realismo ingenuo). Ni en la conciencia como afirmaría el Idealismo. Ortega critica ambas teorías por considerarlas incompletas. En el Realismo el yo que percibe y piensa pone tanta atención en las cosas que se olvida, no se da cuenta de si mismo, de su papel en la realidad. El idealismo se concentra en el sujeto que piensa y la realidad queda reducida a experiencia interior. El yo se traga el mundo. Ambas posturas se equivocan por considerar que una parte de lo que hay (cosas/mundo) es la única que existe.

Para Ortega no hay el mundo o el yo, lo que hay es el yo con el mundo. No puedo hablar de las cosas sin el yo, pero tampoco de un yo sin las cosas. Ni el mundo solo, ni el yo solo. La realidad radical, la vida es el Mundo y yo. Vida es ser uno con el mundo. (Cuando Ortega habla de vida se refiere a la vida particular de cada uno). Yo soy yo y mi mundo. Yo soy yo y mis circunstancias, donde circunstancias quiere decir el horizonte de las cosas con las que interactúo (desde las pequeñas cosas materiales a las personas, instituciones, costumbres, momento histórico). En esto consiste la vida: un continuo intercambio entre el yo y la circunstancia, un intercambio dirigido por la razón, la razón vital, claro.



DOCTRINA DEL PUNTO DE VISTA O PERSPECTIVISMO


Analiza Ortega con esta doctrina la cuestión de la Verdad. A lo largo de la Historia de la filosofía dos posturas han destacado a este respecto:

El racionalismo dogmático defiende la existencia de una verdad absoluta independiente de los distintos pareceres y opiniones individuales. Autores que representan esta posición son, por ejemplo, Sócrates, Platón, Descartes, etc.

El Relativismo no cree en la Verdad absoluta. Solo hay opiniones particulares diferentes, ninguna de ellas verdadera.

Ortega pretende superar estas teorías contradictorias realizando una síntesis de ambas: el Perspectivismo. Afirma en primer lugar que existe la Verdad. Al afirmar esto se esta posicionando del lado del racionalismo. Pero aclara, en segundo lugar, esa Verdad solo puede captarse individualmente, coincidiendo así con el Relativismo.

La Verdad existe independientemente de los hombres, pero solo se muestra en perspectiva. Cada hombre, cada pueblo, cada época tiene una perspectiva distinta de la verdad porque la observa desde un punto de vista (perspectiva) único, propio, individual. Por tanto, no existe el punto de vista perfecto, no hay una única verdad como pensaban los racionalistas. Lo que hay son distintas perspectivas. La única perspectiva falsa es la que quiere imponerse como la única. Pero que haya muchos puntos de vista no quiere decir que no exista la verdad como aseguraban los relativistas. Ocurre como en un paisaje: lo vemos según el lugar en que nos situemos para contemplarlo. Nadie puede captar el paisaje completo. Cada uno contempla la realidad que le ha tocado vivir. Cada perspectiva es verdadera, autentica, única, intransferible, insustituible. Las distintas perspectivas no son contradictorias, sino complementarias.

Según esta afirmación seria posible reunir la Verdad completa uniendo todas las perspectivas: las presentes, las pasadas y las futuras. Solo Dios que es eterno y esta en todas partes puede aglutinar todas las perspectivas. Pero Dios no conoce la verdad completa porque tenga un punto de vista privilegiado desde donde vea toda la verdad, sino porque reúne todas las perspectivas particulares. Ve la verdad a través de las distintas vidas individuales. Cada vida es una perspectiva.

La Verdad que es independiente de los hombres y la historia adquiere, al ser contemplada desde infinitas perspectivas, un carácter vital e histórico.

Como consecuencia de este nuevo planteamiento de la verdad Ortega considera necesaria una reforma radical de la Filosofía. Ya no valen las filosofías que pretenden haber encontrado toda la verdad. Las pretensiones de validez absoluta y universal son imposibles. La nueva filosofía deberá reconocer su carácter individual, vital e histórico. Cada filosofía debe entenderse como una perspectiva que debe articularse con las otras. Reconociendo sus vínculos con las pasadas y estando abierta para relacionarse con las futuras.




Aclaración sobre el tema de la Historia


La vida, para el hombre, va más allá de lo biológico y enlaza con la historia. Cada generación recibe una herencia de sus predecesores formada por una serie de creencias e ideas. El partir de cero es imposible, somos seres históricos. Razón, vida e historia son inseparables: mi vida esta vinculada a la circunstancia y la circunstancia es histórica. La razón (vital) que me ayuda a hacer mi proyecto de vida, es a la vez, razón histórica, porque la vida es temporeidad. El hombre según Ortega no tiene naturaleza, no tiene esencia, lo que tiene es historia, el hombre es pasar, pasarle cosas.

Contexto Histórico-cultural-filosófico de Ortega y Gasset


La filosofía orteguiana se sitúa en un período de vital importancia en la reciente historia de nuestro país: la Restauración borbónica (1874-1923), iniciada en la persona del rey Alfonso XII; la dictadura del general Primo de Rivera desde 1923, con la alternancia formal entre el partido conservador y el liberal; la proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931 y la caída de la República, la Guerra Civil (1936-1939) y los primeros años de la dictadura del general Franco. En esta época España está muy atrasada con mucho peso del sector agrario y una gran diferencia entre la nobleza latifundista y una gran masa de jornaleros junto a una incipiente burguesía. Fuera de España destaca el incipiente capitalismo en Europa y EEUU lo que provocará enfrentamientos entre la clase obrera y la capitalista. A principios de siglo La Primera Guerra Mundial que concluirá en el Tratado de Versalles acabara con potencias como Prusia, Austria-Hungría y causará la revolución bolchevique dirigida por Lenin en Rusia y la creación de la III Internacional. En el periodo de entreguerras surgen los partidos socialistas y comunistas y en países como Alemania, Italia y la propia España suben al poder partidos fascistas. En EEUU habrá una fuerte crisis económica en 1929 que terminará con la intervención del estado en economía (New Deal). Tras la Segunda Guerra Mundial y sus barbaries el mundo quedará dividido en el bloque capitalista liderado por EEUU y el comunista liderado por la URSS. En esta época destaca el florecimiento de una serie de generaciones de pensadores y literatos como la generación del 98, con Unamuno y A. Machado a la cabeza, la de 1914 (novecentismo) con autores como Pérez de Ayala, Gómez de la Serna,…, con el propio Ortega, y la del 27, desde F. García Lorca hasta R. Alberti; músicos como Manuel de Falla o Albéniz y artistas del nivel de Picasso, Dalí o Miró. En la época que le tocó vivir al autor madrileño destacan corrientes filosóficas tales como el idealismo, neokantismo, existencialismo, vitalismo, historicismo,…. otras corrientes que se caracterizan por su interés por la ciencia como el positivismo o el estructuralismo y otras que se centran en la crítica social y de las ideologías como el marxismo o el psicoanálisis. Ortega está especialmente influenciado por una serie de corrientes filosóficas que tienen como ejes fundamentales: la historicidad, la vida y la irreductibilidad del ser humano. Así nos encontramos con: la fenomenología y el existencialismo que partiendo del viejo método fenomenológico intentará hacer su propio análisis de la existencia humana; el vitalismo, que se centra en la explicación del concepto de vida en el doble sentido de biográfico y vivencial y, finalmente, resulta fundamental la influencia del historicismo tanto en Dilthey como en Ortega. José Ortega y Gasset nació en Madrid 1883 y murió en 1955. Ensayista, escritor y pensador también colaboró en diversas publicaciones y también intervino como teórico en política defendiendo la república. Después de la Guerra Civil tuvo que exiliarse a Francia, Argentina y Portugal. Su obra se divide en tres períodos: El objetivista en el que Ortega tratará de superar el error del objetivismo antihumanista que ira sustituyendo por la idea de vida. El perspectivista en el que el ser humano aprehende las cosas, el mundo, situado en un lugar determinado desde cuya perspectiva descubre variedad de facetas que nos presentan las cosas y donde la realidad no puede ser contemplada, sino desde un punto de vista, la circunstancia, que cada cual ocupa en el universo. Por último, el raciovitalista en el que la tesis fundamental es que «la vida es la realidad radical». Dentro de la vida, como realidad radical, se encuentra la razón, cuya dimensión principal es la historicidad. Ahora bien, desde este punto de vista no podemos cometer el error ni del racionalismo ni del idealismo. La razón orteguiana que se convierte en el constitutivo esencial del hombre es al mismo tiempo vital e histórica, tal y como nos dice el texto.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Texto de Ortega y Gaset

ORTEGA Y GASSET, J:
El Tema de Nuestro Tiempo. Obras Completas, vol III, cap. X. Rev. de Occ. Madrid.1966, pp. 197-203
(Marcados en color los fragmentos que caído en selectividad en los últimos años)

“La doctrina del punto de vista”
Contraponer la cultura a la vida y reclamar para ésta la plenitud de sus derechos frente a aquélla no es hacer profesión de fe anticultural. Si se interpreta así lo dicho anteriormente, se practica una perfecta tergiversación. Quedan intactos los valores de la cultura; únicamente se niega su exclusivismo. Durante siglos se viene hablando exclusivamente de la necesidad que la vida tiene de la cultura. Sin desvirtuar lo más mínimo esta necesidad, se sostiene aquí que la cultura no necesita menos de la vida. Ambos poderes -el inmanente de lo biológico y el trascendente de la cultura- quedan de esta suerte cara a cara, con iguales títulos, sin supeditación del uno al otro. Este trato leal de ambos permite plantear de una manera clara el problema de sus relaciones y preparar una síntesis más franca y sólida. Por consiguiente, lo dicho hasta aquí es sólo preparación para esa síntesis en que culturalismo y vitalismo, al fundirse, desaparecen.
Recuérdese el comienzo de este estudio. La tradición moderna nos ofrece dos maneras opuestas de hacer frente a la antinomia entre vida y cultura. Una de ellas, el racionalismo, para salvar la cultura niega todo sentido a la vida. La otra, el relativismo, ensaya la operación inversa: desvanece el valor objetivo de la cultura para dejar paso a la vida. Ambas soluciones, que a las generaciones anteriores parecían suficientes, no encuentran eco en nuestra sensibilidad. Una y otra viven a costa de cegueras complementarias. Como nuestro tiempo no padece esas obnubilaciones, como se ve con toda claridad en el sentido de ambas potencias litigantes, ni se aviene a aceptar que la verdad, que la justicia, que la belleza no existen, ni a olvidarse de que para existir necesitan el soporte de la vitalidad.
Aclaremos este punto concretándonos a la porción mejor definible de la cultura: el conocimiento.
El conocimiento es la adquisición de verdades, y en las verdades se nos manifiesta el universo trascendente (transubjetivo) de la realidad. Las verdades son eternas, únicas e invariables. ¿Cómo es posible su insaculación dentro del sujeto?. La respuesta del Racionalismo es taxativa: sólo es posible el conocimiento si la realidad puede penetrar en él sin la menor deformación. El sujeto tiene, pues, que ser un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana por tanto, ultravital y extra-histórico. Vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia. La respuesta del relativismo no es menos taxativa. El conocimiento es imposible; no hay una realidad trascendente, porque todo sujeto real es un recinto peculiarmente modelado. Al entrar en él la realidad se deformaría, y esta deformación individual sería lo que cada ser tomase por la pretendida realidad.
Es interesante advertir cómo en estos últimos tiempos, sin común acuerdo ni premeditación, psicología, y teoría del conocimiento, al revisar los hechos de que ambas actitudes partían, han tenido que rectificarlos, coincidiendo en una nueva manera de plantear la cuestión.
El sujeto, ni es un medio transparente, un "yo puro" idéntico e invariable, ni su recepción de la realidad produce en ésta deformaciones. Los hechos imponen una tercera opinión, síntesis ejemplar de ambas. Cuando se interpone un cedazo o retícula en una corriente, deja pasar unas cosas y detiene otras; se dirá que las selecciona, pero no que las deforma. Esta es la función del sujeto, del ser viviente ante la realidad cósmica que le circunda. Ni se deja traspasar sin más ni más por ella, como acontecería al imaginario ente racional creado por las definiciones racionalistas, ni finge él una realidad ilusoria. Su función es claramente selectiva. De la infinidad de los elementos que integran la realidad, el individuo, aparato receptor, deja pasar un cierto número de ellos, cuya forma y contenido coinciden con las mallas de su retícula sensible. Las demás cosas, -fenómenos, hechos, verdades- quedan fueran, ignoradas, no percibidas.
Un ejemplo elemental y puramente fisiológico se encuentra en la visión y en la audición. El aparato ocular y el auditivo de la especie humana reciben ondas vibratorias desde cierta velocidad mínima hasta cierta velocidad máxima. Los colores y sonidos que queden más allá o más acá de ambos límites le son desconocidos. Por tanto, su estructura vital influye en la recepción de la realidad; pero esto no quiere decir que su influencia o intervención traiga consigo una deformación. Todo un amplio repertorio de colores y sonidos reales, perfectamente reales, llega a su interior y sabe de ellos.
Como son los colores y sonidos acontece con las verdades. La estructura psíquica de cada individuo viene a ser un órgano perceptor, dotado de una forma determinada que permite la comprensión de ciertas verdades y está condenado a inexorable ceguera para otras. Así mismo, para cada pueblo y cada época tienen su alma típica, es decir, una retícula con mallas de amplitud y perfil definidos que le prestan rigorosa afinidad con ciertas verdades e incorregible ineptitud para llegar a ciertas otras. Esto significa que todas las épocas y todos los pueblos han gozado su congrua porción de verdad, y no tiene sentido que pueblo ni época algunos pretendan oponerse a los demás, como si a ellos les hubiese cabido en el reparto la verdad entera. Todos tienen su puesto determinado en la serie histórica; ninguno puede aspirar a salirse de ella, porque esto equivaldría a convertirse en un ente abstracto, con integra renuncia a la existencia.
Desde distintos puntos de vista, dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo. La distinta situación hace que el paisaje se organice ante ambos de distinta manera. Lo que para uno ocupa el primer término y acusa con vigor todos sus detalles, para el otro se halla en el último, y queda oscuro y borroso. Además, como las cosas puestas unas detrás se ocultan en todo o en parte, cada uno de ellos percibirá porciones del paisaje que al otro no llegan. ¿Tendría sentido que cada cual declarase falso el paisaje ajeno?. Evidentemente, no; tan real es el uno como el otro. Pero tampoco tendría sentido que puestos de acuerdo, en vista de no coincidir sus paisajes, los juzgasen ilusorios. Esto supondría que hay un tercer paisaje auténtico, el cual no se halla sometido a las mismas condiciones que los otros dos. Ahora bien, ese paisaje arquetipo no existe ni puede existir. La realidad cósmica es tal, que sólo puede ser vista bajo una determinada perspectiva. La perspectiva es uno de los componentes de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su organización. Una realidad que vista desde cualquier punto resultase siempre idéntica es un concepto absurdo.
Lo que acontece con la visión corpórea se cumple igualmente en todo lo demás. Todo conocimiento es desde un punto de vista determinado. La species aeternitatis, de Spinoza, el punto de vista ubicuo, absoluto, no existe propiamente: es un punto de vista ficticio y abstracto. No dudamos de su utilidad instrumental para ciertos menesteres del conocimiento; pero es preciso no olvidar que desde él no se ve lo real. El punto de vista abstracto sólo proporciona abstracciones.
Esta manera de pensar lleva a una reforma radical de la filosofía y, lo que importa más, de nuestra sensación cósmica.
La individualidad de cada sujeto era el indominable estorbo que la tradición intelectual de los últimos tiempos encontraba para que el conocimiento pudiese justificar su pretensión de conseguir la verdad. Dos sujetos diferentes -se pensaba- llegarán a verdades divergentes. Ahora vemos que la divergencia entre los mundos de dos sujetos no implica la falsedad de uno de ellos. Al contrario, precisamente porque lo que cada cual ve es una realidad y no una ficción, tiene que ser su aspecto distinto del que otro percibe. Esa divergencia no es contradicción, sino complemento. Si el universo hubiese presentado una faz idéntica a los ojos de un griego socrático que a los de un yanqui, deberíamos pensar que el universo no tiene verdadera realidad, independiente de los sujetos. Porque esa coincidencia de aspecto ante dos hombres colocados en puntos tan diversos como son la Atenas del siglo V y la Nueva York del XX indicaría que no se trataba de una realidad externa a ellos, sino de una imaginación que por azar se producía idénticamente en dos sujetos.
Cada vida es un punto de vista sobre el universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra. Cada individuo -persona, pueblo, época- es un órgano insustituible para la conquista de la verdad. He aquí cómo ésta, que por sí misma es ajena a las variaciones históricas, adquiere un dimensión vital. Sin el desarrollo, el cambio perpetuo y la inagotable aventura que constituyen la vida, el universo, la omnímoda verdad, quedaría ignorada.
El error inveterado consistía en suponer que la realidad tenía por sí misma, e independientemente del punto de vista que sobre ella se tomara, una fisonomía propia. Pensando así, claro está, toda visión de ella desde un punto determinado no coincidiría con ese su aspecto absoluto y, por tanto, sería falsa. Pero es el caso que la realidad, como un paisaje, tienen infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y auténticas.
La sola perspectiva falsa es esa que pretende ser la única. Dicho de otra manera: lo falso es la utopía, la verdad no localizada, vista desde . El utopista -y esto ha sido en esencia el racionalismo- es el que más yerra, porque es el hombre que no se conserva fiel a su punto de vista, que deserta de su puesto.
Hasta ahora la filosofía ha sido siempre utópica. Por eso pretendía cada sistema valer para todos los tiempos y para todos los hombres. Exenta de la dimensión vital, histórica, perspectivista, hacía una y otra vez vanamente su gesto definitivo. La doctrina del punto de vista exige, en cambio, que dentro del sistema vaya articulada la perspectiva vital de que ha emanado, permitiendo así su articulación con otros sistemas futuros o exóticos. La razón pura tiene que ser sustituida por una razón vital, donde aquélla se localice y adquiera movilidad y fuerza de transformación.
Cuando hoy miramos las filosofías del pasado, incluyendo las del último siglo, notamos en ellas ciertos rasgos de primitivismo. Empleo esta palabra en el estricto sentido que tiene cuando es referida a los pintores del quattrocento. ¿Por qué llamamos a éstos "primitivos"? ¿En qué consiste su primitivismo? En su ingenuidad, en su candor -se dice-. Pero ¿cuál es la razón del candor y de la ingenuidad, cuál su esencia? Sin duda, es el olvido de sí mismo. El pintor primitivo pinta el mundo desde su punto de vista -bajo el imperio de las ideas, valoraciones, sentimientos que le son privados-, pero cree que lo pinta según él es. Por lo mismo, olvida introducir en su obra su personalidad; nos ofrece aquélla como si se hubiera fabricado a sí misma, sin intervención de un sujeto determinado, fijo en un lugar del espacio y en un instante del tiempo. Nosotros, naturalmente, vemos en el cuadro el reflejo de su individualidad y vemos, a la par, que él no la veía, que se ignoraba a si mismo y se creía una pupila anónima abierta sobre el universo. Esta ignorancia de sí mismo es la fuente encantadora de la ingenuidad.
Mas la complacencia que el candor nos proporciona incluye y supone la desestima del candoroso. Se trata de un benévolo menosprecio. Gozamos del pintor primitivo, como gozamos del alma infantil, precisamente, porque nos sentimos superiores a ellos. Nuestra visión del mundo es mucho más amplia, más compleja, más llena de reservas, encrucijadas, escotillones. Al movernos en nuestro ámbito vital sentimos éste como algo ilimitado, indomable, peligroso y difícil. En cambio al asomarnos al universo del niño o del pintor primitivo vemos que es un pequeño circulo, perfectamente concluso y dominable, con un repertorio reducido de objetos y peripecias. La vida imaginaria que llevamos durante el rato de esa contemplación nos parece un juego fácil que momentáneamente nos liberta de nuestra grave y problemática existencia. La gracia del candor es, pues, la delectación del fuerte en la flaqueza del débil.
El atractivo que sobre nosotros tienen las filosofías pretéritas es del mismo tipo. Su claro y sencillo esquematismo, su ingenua ilusión de haber descubierto toda la verdad, la seguridad con que se asientan en fórmulas que suponen inconmovibles nos dan la impresión de un orbe concluso, definido y definitivo, donde ya no hay problemas, donde todo está ya resuelto. Nada más grato que pasear unas horas por mundos tan claros y tan mansos. Pero cuando tornamos a nosotros mismos y volvemos a sentir el universo con nuestra propia sensibilidad, vemos que el mundo definido por esas filosofías no era, en verdad el mundo, sino el horizonte de sus autores. Lo que ellos interpretaban como limite del universo, tras el cual no había nada más, era sólo la línea curva con que su perspectiva cerraba su paisaje. Toda filosofía que quiera curarse de ese inveterado primitivismo, de esa pertinaz utopía, necesita corregir ese error, evitando que lo que es blando y dilatable horizonte se anquilose en mundo.
Ahora bien; la reducción o conversión del mundo a horizonte no resta lo más mínimo de realidad a aquél; simplemente lo refiere al sujeto viviente, cuyo mundo es, lo dota de una dimensión vital, lo localiza en la corriente de la vida, que va de pueblo en pueblo, de generación en generación, de individuo en individuo, apoderándose de la realidad universal.
De esta manera, la peculiaridad de cada ser, su diferencia individual, lejos de estorbarle para captar la verdad, es precisamente el órgano por el cual puede ver la porción de realidad que le corresponde. De esta manera, aparece cada individuo, cada generación, cada época como un aparato de conocimiento insustituible. La verdad integral sólo se obtiene articulando lo que el prójimo ve con lo que yo veo, y así sucesivamente. Cada individuo es un punto de vista esencial. Yuxtaponiendo las visiones parciales de todos se lograría tejer la verdad omnímoda y absoluta. Ahora bien: esta suma de las perspectivas individuales, este conocimiento de lo que todos y cada uno han visto y saben, esta omnisciencia, esta verdadera es el sublime oficio que atribuimos a Dios. Dios es también un punto de vista; pero no porque posea un mirador fuera del área humana que le haga ver directamente la realidad universal, como si fuera un viejo racionalista. Dios no es racionalista. Su punto de vista es el de cada uno de nosotros; nuestra verdad parcial es también verdad para Dios. ¡De tal modo es verídica nuestra perspectiva y auténtica nuestra realidad! Sólo que Dios, como dice el catecismo, está en todas partes y por eso goza de todos los puntos de vista y en su ilimitada vitalidad recoge y armoniza todos nuestros horizontes . Dios es el símbolo del torrente vital, al través de cuyas infinitas retículas va pasando poco a poco el universo, que queda así impregnado de vida, consagrado, es decir, visto, amado, odiado, sufrido y gozado.
Sostenía Malebranche que si nosotros conocemos, alguna verdad es porque vemos las cosas en Dios, desde el punto de vista de Dios. Más verosímil me parece lo inverso: que Dios ve las cosas al través de los hombres, que los hombres son los órganos visuales de la divinidad.
Por eso conviene no defraudar la sublime necesidad que de nosotros tiene, e hincándonos bien en el lugar que nos hallamos, con una profunda fidelidad a nuestro organismo, a lo que vitalmente somos, abrir bien los ojos sobre el contorno y aceptar la faena que nos propone el destino: el tema de nuestro tiempo.